Abre la puerta y pasa tras asegurarse de que la iglesia está iluminada. Desde hace dieciocho años repite la misma tranquilizadora acción: toca la puerta, la entreabre, la empuja, mira al interior y, tras comprobar que está la gente de siempre, pasa al templo. Los domingos a las once y media toca misa en San Felipe Neri. Lo poco que le queda de vida no está dispuesto a malgastarlo en cambiar de costumbres, él es fiel a sí mismo y esta actitud le da confianza.

 

Cuántos recuerdos unidos al Oratorio de san Felipe Neri. Su madre le llevaba todos los domingos a la misa de los filipenses y, mientras el sacerdote recitaba despacio los pasajes de las escrituras, él se ensimismaba contemplando, al son de la palabra, los cuadros de la iglesia. Con los años, cada vez atendía menos al sermón, dejaba volar su imaginación por entre las figuras y paisajes de las pinturas y se entretenía sólo mirando y escuchando el rumor de las oraciones que nacían del presbiterio. Pero también su madre era una mujer de costumbres y pronto cogió la de darle un pescozón para despertarle de sus sueños. Pasó el tiempo, se hizo mayor y abandonó Alcalá. Dejó de creer en la religión, luchó en una guerra, se enamoró y tuvo que huir de su país. Comenzó de nuevo a vivir en Méjico y allí empezó a regresar, poco a poco, a aquella Alcalá de la misa en los filipenses.

Un día, realizando una investigación sobre una guarnición militar española en la antigua Nueva España, descubrió en un archivo un documento que hablaba de un tal Juan Pérez Merino. El nombre le sonaba mucho, aunque no lograba recordar el motivo.

Desde entonces, le empezó a obsesionar ese sargento que vivió en Méjico durante el siglo XVII. Un día, por fin logró recordar que era uno de los protagonistas de su infancia y que había leído su nombre en una de las lápidas de la iglesia del Oratorio de san Felipe Neri. Y volvió a pasar el tiempo, abandonó de nuevo la tierra en la que había vivido y regresó a España.

Hacía ya dieciocho años. Desde entonces, quiso saberlo todo sobre ese Oratorio donde jugaban los sueños de su niñez.  Dedicaba gran parte de su tiempo a investigar en los orígenes de la institución filipense en Alcalá y se pasaba las horas muertas en la que era una de las mejores bibliotecas de la ciudad. El Oratorio contaba con 8000 volúmenes, entre los que se encontraban dos incunables.

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La fundación de la institución religiosa tuvo lugar en un momento de decadencia en el mundo universitario alcalaíno y poco después de que la ciudad consiguiera, tras la concesión del rey Carlos II, el título de ciudad en 1687. Los oratorios filipenses empezaban a multiplicarse por Europa y América, siguiendo la tendencia de una época en la que los grandes pensadores, como Felipe Neri, buscaban el ideal de llegar a la perfección en su fe religiosa. Esta motivación hizo que don Martín Haroldo de Bonilla y Echeverría, canónigo de la catedral de Ávila, pidiera permiso a los filipenses para fundar uno en Madrid. Los padres estuvieron de acuerdo, pero don Martín se encontró con la oposición de las restantes órdenes religiosas de la capital. Con todo, siguió en su empeñó y pronto pensó en la muy religiosa Alcalá. Allí consiguió la aprobación del arzobispo de Toledo, don Luis María de Portocarrero, y la de la propia ciudad. El 30 de noviembre de 1694 compró unas casas cercanas al Palacio Arzobispal a un tal Manuel Campuzano, donde se instaló provisionalmente el primer Oratorio. Los padres filipenses cayeron bien a los alcalaínos y pronto comenzaron a llegar donaciones para poder construir una casa digna.

Y por fin es aquí donde encontró al sargento Juan Pérez Merino. Este curioso personaje, tras su regreso de Nueva España, decidió lavar sus pecados dejando su fortuna al Oratorio de Alcalá, regalando además un bello lienzo con la imagen de la Virgen de Guadalupe para la veneración en su iglesia. Así se consiguió construir un nuevo edificio, que fue trazado por el maestro Bartolomé Oñoro y acabado de levantar hacia 1704.

Unos años después llegaría la ayuda de una señora, descendiente nada menos que de los Borja valencianos (entre sus antepasados estaba la familia del papa Alejandro VI y el jesuita Francisco de Borja) llamada Josefa de Borja y Centellas. Esta filantrópica y  muy religiosa dama tuvo a bien apoyar económicamente al recién nacido Oratorio alcalaíno buscando, como era norma en el momento, algún tipo de compensación espiritual. El caso es que gracias a su ayuda se consiguió ampliar el templo, según trazas de José Román, alargándolo hasta lo que hoy es la plaza dedicada al padre Lecanda. Todo estaba prácticamente acabado hacia 1714.

Así se levantó la iglesia que desde hacía tantos años le servía de refugio: una sola gran nave muy alargada que se rompía gracias a la bella cúpula ovalada, colocada en el hipotético crucero al revés de como sería normal. Todo se llenó de una exuberante decoración barroca, que se repartía por la iglesia en forma de modillones, molduras, pilastras cajeadas, balconadas a la manera palaciega y mil y un elementos que seguían el recargado arte de los siglos XVII y XVIII. Luego llegarían los retablos, trazados por Tomás del Busto, los cuadros, los  bellos y suntuosos objetos de culto, las esculturas y, sobre todo, los libros.

También se colocaron las dos esculturas que tantas veces él había utilizado como protagonistas de sus aventuras. Bien trazadas, fuertes y expresivas; una, obra del gran imaginero Gregorio Fernández, representaba a Santa Teresa de Jesús, la otra, de autor anónimo, era una imagen de San Felipe Neri.

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Pasó el tiempo y el Oratorio se fue transformando: los franceses destruyeron el retablo mayor de la iglesia, pero don Manuel Laredo pintó, para sustituirle, uno fingido que casi parecía real y que luego volvería a desaparecer. Más tarde se fundó un colegio y después, en algunas de sus más bellas salas, se creó un museo.

En el Oratorio se formaron, reflexionaron y soñaron generaciones de filipenses y junto a ellos gentes que buscaban encontrar, como él, un poco de paz y seguridad.  Le gustaba recordar  la figura de aquel cariñoso padre de su niñez, llamado Juan José Lecanda, que, como luego supo, consiguió salvar de los destrozos de la Guerra Civil una parte importante del patrimonio de la ciudad. O la de Miguel de Unamuno, amigo del padre Lecanda, que le visitó en 1888 y descubrió un lugar y una ciudad donde parecía no importar el tiempo.

Está al final de su vida y, después de todo y por encima de todo, necesita paz y sosiego. Busca el silencio en el rumor de la misa en el Oratorio, oyendo al sacerdote filipense recitar las oraciones y escuchando y recuperando los sueños y las fantasías de su niñez. Entretanto, en el valioso día a día, sonríe a los recién llegados a su tranquilo espacio de paz: la muchacha que casi todas las semanas busca enigmas en la biblioteca o el historiador del arte que, de pronto, descubre quién fue el auténtico autor de uno de los más valiosos cuadros…

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