Un día llegas a Alcalá de Henares

Un día llegas a Alcalá de Henares lo escribí hace muchos años, quizá era otra época y hasta otro mundo…

Un día llegas a Alcalá de Henares, has ido por ir, está muy cerca de Madrid y esta tarde no sabes qué hacer. Has leído mucho, puede que demasiado, te gustan los libros, tenerlos y poseerlos, que no es lo mismo. En realidad has poseído a pocos, resulta mucho más fácil tenerlos, almacenarlos como objetos preciosos.

Por tus lecturas sabes que hay un tren en el que viaja Camilo José Cela. Viaja a la Alcarria y para, el tren, en Alcalá. Ya no está en la estación esa señorita rubia, con pinta de llamarse Raquel o Esperancita, ni las gruesas, tremendas, bigotudas mujeres de las cestas. En realidad, la estación de Alcalá ya no existe, hace años alguien la robó del paisaje de la ciudad, llevándose incluso el paseo que servía para alcanzarla. En su lugar hay un clon de metales burdos, diseñado por una persona sin gusto ni interés por la diferencia. Estás en la estación y sabes que recuerdas un libro titulado “Viaje a la Alcarria”. ¿En qué se hubiera convertido don Quijote si lo hubiera leído? No lo sabes, crees que el asunto merece la pena, alguien habrá que lo quiera estudiar.

Sales a la calle y te diriges hacia el Parque O´Donnell. Desde allí, a través del arco de San Bernardo, pronto llegas al Palacio Arzobispal. ¿Por qué? Te parece lógico comenzar por allí. Tus lecturas medievales y tus dudas. Leíste tanto que acabaste por no saber escribir, llegaste a ser algo así como un ciudadano anterior a la Ilustración. Metías la pata constantemente y colocabas “bes” y “uves” sin orden ni concierto. Leyendo, te apasionaste por un libro, lo escribió un clérigo que te fascinó. Era de Alcalá, se llamó Juan Ruiz y fue en la Edad Media. Como había ocurrido con la estación, alguien se había llevado la ciudad medieval. La historia está llena de ladrones de ciudades, es más, las ciudades sobreviven gracias a ellos. Alguien llega y se propone transformar un lugar según sus gustos o sueños, se lleva el que había y lo sustituye por el suyo. Cisneros fue uno de los mejores ladrones de ciudades, al menos para Alcalá.

Piensas en Cisneros, fundó la Universidad. Sabes que es incómodo hablar de Cisneros en Alcalá, también de Cervantes. En el altar de las ofrendas ambos reciben el sacrificio diario de muchos alcalaínos y visitantes. Y el caso es que fueron envidiables, y lo malo es que muy poca gente sabe la razón. Cisneros, Nebrija, la políglota, Gil de Hontañón, los colegios, la educación, apuntes, agobio, exámenes, la facultad, el desencuentro y el reencuentro. Así fue tu primer roce con Alcalá.

La calle Mayor te gusta. Muy teatral, salida de una escenografía del Siglo de Oro. Mitad verdad y mitad mentira, como de ciudad algo decaída y sufridor de crisis económicas y otro poco como esperando, con la mejor disposición, a que un cineasta la use para un encuadre de película de época. Pero te parece, por todo ello, muy bella. Cuando ya la conoces, la calle Mayor se va difuminando en encuentros no deseados y abrazos con intención. Así ha tenido que ser siempre, desde que tenderos judíos la poblaban. Tiendas sigue habiendo, y que duren. La pena es que las tiendas mueren con sus tenderos y ocupan su lugar las de la globalización. Pero todavía quedan muchas esperanzas guardadas en la calle Mayor de Alcalá, hay incluso huellas y surcos como la casa donde nació un escritor, un hospital del siglo XV, adarves judíos, un corral de una sinagoga y columnas y pilares, y hasta una placa donde se dice que allí vivió Tomás de Villanueva.

Girando la calle, desembocas en un espacio descomunal, la plaza de Cervantes. Recuerdas que un amigo te dijo que en una esquina de la plaza una vieja placa señalaba la dirección de la “Hostería del Estudiante”. Tu profesor te contó que allí iban a merendar migas con chocolate los muchachos de la Residencia de Estudiantes. Si acaso, un alto en el puente de San Fernando, junto al Jarama, para descansar, luego a Alcalá y, si había que hacer noche, en el hotel Cervantes, por ejemplo. Así te gusta imaginar aquellas excursiones. Otra vez la literatura, los poetas, piensas. Alcalá, la cultura, el pasado, mézclese, agítese y saldrá algo semejante a una losa. Tienes la sensación de que lo pasado pesa demasiado en Alcalá, aunque parece que de alguna manera la ciudad lo ha ido asumiendo sin necesidad de colocarlo en un pedestal en medio de la plaza de Cervantes.

Te emocionas, te diriges al corral de comedias. Un buen amigo te enseñó que mejor decir patio, está bien, te vale, que sea patio y no corral, o ambas cosas, que es la misma, a la vez. Permanece y ha permanecido durante mucho tiempo salvándose milagrosamente de ladrones de esos, los peores, que se dedican a robar el pasado y las emociones. Es muy hermoso, lo sientes con sinceridad. Es un espacio de sueños y sueñas, y con cierto rubor reconoces que en él eres feliz a tu manera, que es la única. Te paras y recuerdas a uno de tus profesores. Te dijo que cuidaras tu tendencia a irte por las ramas, aunque sueles hacer lo contrario.

Te vas y, según miras a tu alrededor, te viene a la memoria un verso que te gusta: “Hermosa compostura de esa varia inferior Arquitectura, que entre sombras y lejos,…”. Como para un teatro, como para Alcalá.

Enrique M. Pérez.

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