La boda de Ana de Mendoza en Alcalá de Henares

Ana de Mendoza y de la Cerda, perteneciente a uno de los linajes más poderosos de Castilla, los Mendoza, nació el 29 de junio de 1540 en Cifuentes. Pasó su infancia y juventud entre su villa natal y la casa de sus padres, los condes de Mélito, en Alcalá de Henares. Es probable incluso que el accidente que le provocó la pérdida de un ojo fuera en nuestra ciudad. La culpa la tuvo un florete con el que jugaba a pelear con un paje de la casa, provocando que tuviera que usar el parche que la hizo famosa en la Corte. Fue una mujer muy atractiva, con una belleza ligada desde entonces a la misteriosa prótesis que usó durante toda su vida.Una mujer que cautivó a la nobleza y al mismo rey Felipe II, provocando uno de los escándalos más sonados del siglo XVI.

Fue el entonces príncipe Felipe quien organizó la boda de Ana con uno de sus grandes amigos desde la infancia: su Gentilhombre de Cámara Ruy Gómez de Silva, un hombre de origen portugués al que quiso emparentar con la nobleza castellana. Los padres de Ana aceptaron la propuesta en 1552, cuando su hija tenía sólo 12 años. El novio tenía 36 y su matrimonio es el perfecto ejemplo de una unión donde lo importante era todo menos la voluntad de la novia. Las capitulaciones de la boda la firmaron los padres en Madrid en 1553, aunque no se consumó el matrimonio hasta 1557 debido a la edad de Ana.

Entre tanto, Felipe llenó de honores a su amigo Ruy, otorgándole el título de príncipe de Éboli (Italia) y duque de Pastrana, entre otros. En 1557, pasado el tiempo necesario para la novia, se celebró la boda como Dios manda y con la asistencia del ya rey de España (desde 1556) Felipe II.  La boda se celebró en el palacio de los condes de Mélito en Alcalá de Henares, situado en el hoy conocido como Huerto de los Leones, actual calle del Empecinado. La residencia fue una de las muchas que los Mendoza tuvieron en Alcalá de Henares. Posiblemente desapareció a lo largo del siglo XIX, quedando sólo como recuerdo el nombre del jardín o huerto del palacio. El nombre debe hacer referencia a los leones que adornaban la fachada del edificio, típicos de este tipo de casas nobiliarias, como demuestra la casa de los Lizana, antiguo palacio también perteneciente a la misma familia.

Y, ¿cómo fue la boda?. Pues tratándose del gran amigo del rey, uno de los hombres más influyentes de la Corte, se supone que cumplió con todos los requisitos y protocolo con que se adornaban este tipo de eventos en la época. El ceremonial era muy rígido y seguro que se marcó un protocolo muy riguroso, más aún teniendo en cuenta la presencia del rey.

La novia, Ana, vestida de lujo, normalmente con brial o saya, cubierta por otra prenda que permitía ver la de debajo. Y por supuesto, un rico manto con brocados. Era habitual, significando la virginidad, llevar el cabello suelto y adornado con tocado de moda o una guirnalda. Ruy, con sayo y ropón y encima el paletoque o manto, y con todos los símbolos de su poderosa condición.

En cuanto a los colores, lo habitual era usar el rojo (fecundidad), el verde (juventud), el azul o el amarillo.

La  ceremonia la dirigía un sacerdote y se seguían las costumbres tradicionales (donaciones mutuas, testigos, juramento de fidelidad…), que incluía la entrega del anillo por parte de ambos novios.  Todo ello, rubricado con el beso (osculum), costumbre de origen romano y que tenía valor jurídico. Y además, la bendición nupcial, la cubrición con la banda (tela estrecha), símbolo de la protección de Dios a la vida que comenzaban en común.

Y por supuesto, la alegría en un gran día, que se celebraba con abundante comida, bebida, bailes, danzas y diferentes expresiones de fiesta y regocijo.

Por cierto, Ruy y Ana tuvieron diez hijos: Diego (muerto de niño), Ana de Silva y Mendoza, Ruy II Gómez de Silva y Mendoza, Pedro de Silva y Mendoza (muerto de niño), Diego de Silva y Mendoza, Ruy de Silva y Mendoza, Fernando de Silva y Mendoza, María de Mendoza y María de Silva (gemelas o mellizas, fallecidas en la infancia), Ana de Silva y Mendoza (la última hija del matrimonio y quien acompañó a su madre en los años de encierro).

Él murió de forma prematura en 1573. Ella en 1592. Ambos están enterrados en la Colegiata de Pastrana. La vida de Ana fue intensa y llena de claroscuros, quizá como corresponde a la época que le tocó vivir.

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