Cuando Rafael Alberti pasó por Alcalá de Henares, «La arboleda perdida»

Cuando Rafael Alberti pasó por Alcalá de Henares, «La arboleda perdida»

Uno de los grandes de nuestra literatura del siglo XX, al que quizá hemos encajonado en una época, la llamada Edad de Plata, aunque también lo podría ser de Oro, sobre todo teniendo en cuenta los grandes escritores que la componen. Rafael Alberti es uno de los más grandes de la Generación del 27. Narrador, pintor, pero sobre todo poeta. En 1983 recibió en Alcalá de Henares el Premio Miguel de Cervantes de literatura.

En su libro de memorias titulado «La arboleda perdida» (Buenos Aires, 1954, Libro segundo (1917-1931), capítulo III), habla de su breve y curiosa estancia en Alcalá de Henares y de su paso por las tierras madrileñas y alcarreñas que rodean la ciudad. Estamos en 1920, en una época de juventud:

«Un mal día, como mi inútil vocación —la nueva, la poética, la escondía yo con cierto misterio— seguía pareciendo poco productiva a los de mi casa, mi hermano Vicente me llamó aparte y me propuso en tono serio: —Estaría bien que me ayudaras. Ha muerto papá y es necesario que tú también te ocupes de los vinos. Saldrás de viaje y ganarás según tus facultades de vendedor. No me atreví a negarme. Y aunque yo no sabía ni sumar ni entendía nada de negocios, me dispuse a partir, como corredor de la casa Osborne, por pueblos de las provincias de Madrid y Guadalajara. Para iniciarme en el negocio, creyó mi hermano conveniente la compañía de un experto. Se apellidaba Velayos, y se trataba de un buen hombre, pequeño y bebedor, que roncaba en la noche como un fuelle y que además, a cualquier hora, se soltaba unos cuescos que me paralizaban el sentido. Con él visité Arganda, precioso pueblo madrileño de buenos vinos naturales; Alcalá de Henares, en donde con el pretexto de mostrar las excelencias del coñac Osborne «nos pescamos tal pítima» —estas palabras eran de Velayos—, que al día siguiente no sabíamos los resultados de nuestra venta ni en qué almacenes y tabernas habíamos estado. Luego, siempre en estrecha unión con sus ronquidos y ventosidades, visité otros pueblecillos de menor importancia, despidiéndome de él, con el pretexto de que «ya había entendido», al pie de una diligencia de mulas que iba a internarme por pueblos de los montes de Albarracín. Ya solo, recorrí villorrios y ciudades del Cid Campeador. Estuve en Atienza, en donde vendí cinco cajones de vino y dos de coñac, yendo a parar a Sacedón, que no olvidaré nunca. Sucedió que una noche tenebrosa de lluvia torrencial, en la especie de fonducho-taberna donde me hospedaba, se me ocurrió preguntar por el retrete. Alguien, con una muy larga sonrisa, me respondió: —Hay corral… Ahí tras la puerta está el paraguas. Yo, para que no dijera, lo abrí, sin el más mínimo gesto de asombro, saliendo a las más chorreadas intemperies. Me agaché como pude cerca de unos tablones atados con alambres, contra los que estuve a punto de rajarme la cara, y, paraguas en mano, comencé mi sencilla y humana operación. De pronto, sentí un alboroto, un extraño aleteo, acompañado de entrecortados píos gallineriles y —fue cosa de un segundo— mis pobres posaderas saltaron de aquel sitio picoteadas por veinte aves de corral agazapadas en las sombras. A pesar de tal peregrino suceso, digno de las andanzas del Buscón quevediano, hice negocio. Pero en la diligencia que me alejó de Sacedón tuve que ir de pie, ya que no andaba en condiciones de soportar ningún asiento.»

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