En una noche de verano complutense

En una noche de verano complutense

“El mejor momento de mi existencia: por la noche, entre medianoche y las dos de la madrugada, solo, en silencio, soñando con las mil cosas que ocupan mi mente”. Me suele ocurrir más a menudo de lo que quisiera. Yo no soy periodista como Paul Léautaud y ni siquiera conozco, más quisiera yo, a ningún Apollinaire, pero la experiencia me dice que ese momento de la mente en el que uno no se encuentra ni despierto del todo ni con ganas de dormir puede acabar siendo muy creativo.

Acabo de leer la frase del polémico periodista francés cuando son las dos menos cuarto de la noche. Quiero pensar en algo que no sea Alcalá de Henares y siendo franco lo consigo y no lo consigo, depende, ya saben cómo son los pensamientos. Y pienso en la ciudad, en lo que me ocurre en ella, en lo que le ocurre a ella, y pienso que estoy un poco harto de las tonterías que te quitan el tiempo, de iniciativas absurdas, de políticos que no son capaces de sentir el orgullo de la humildad y el diálogo, de gente que sólo sabe aparentar y que busca enemigos en todas partes, incluso, o siempre, cuando no los hay. Hace años, se acuñó un término diría yo que hasta simpático, complutón, definiendo a un tipo humano dedicado en exclusiva, a veces sin saberlo, a mirarse al ombligo. Viene de complutense, que no tiene nada que ver, y vendría a significar la quintaesencia del papanatismo cultural, social y político de la agitada y bendita vida ciudadana. No saben cuántos hay y lo fácil que es caer en las redes de tan arrebatador estado.

Pero aunque sean muchos, también están los que de verdad lucharon con moderación, sin pausa y hasta diría yo que en la sombra por Alcalá de Henares. Ahí tienen sino a Francisco Javier García Gutiérrez, que fue cronista oficial, un hombre que sonaba a viejo y respetado profesor y que vino a ser como el punto de referencia para quienes buscábamos la tranquilidad, el esfuerzo y lo científico en todo lo que envuelve a lo complutense. Hizo siempre lo que pudo, y mira que no lo tuvo fácil. Le tocó ser concejal en una época muy complicada, justo en el momento, los años sesenta, en el que era necesario un cambio para que la anquilosada máquina ciudadana comenzara a revivir. Y les puedo asegurar que supo aguantar el tipo consiguiendo, como pudo, que la ciudad de siempre se acomodara, con el menor trauma posible, a la avalancha de recién llegados.

Todas estas reflexiones, a una hora en la que debería estar durmiendo, están a punto de sumergirme en el oscuro túnel del fatídico insomnio ¿Qué hacer? Lo primero, tumbarme en la cama, pensar en algo agradable y, después, tratar de relajarme. Les confieso que me vienen a la memoria bastantes cosas, aunque, eso sí, no me deja de sonar el retumbar de los tambores alcalaínos. Viendo que no hay remedio, trato de concentrarme en algo o en alguien que represente sinceramente a esa joven y mezclada Alcalá de Henares que se rehízo hace sólo unas décadas y, entre otros muchos, se me ocurre pensar en Pedro. ¿Que quién es? Sólo y simplemente un ciudadano que, para que quede bien la frase, se podría definir como anónimo. Para más señas, es todo un complutense en el más amplio y vigoroso sentido de la palabra. Alto, de ojos grandes y de aspecto agradable, como de no haber roto un plato en su vida. Le conocí de traje azul, se dedica a labores burocráticas, y les puedo asegurar que sé de pocos que trabajen tanto y tan bien (es así hasta el punto de que a veces parece trabajar más de la cuenta).

Le toca el turno de tarde. Cuando llega, siempre pronto, se toma un café o una cervecita y al trabajo. A veces pone cara de mal genio, frunce el ceño y te mira como sin mirarte. Si no le conoces, puedes llegar a pensar que está enfadado, pero que va: sólo es que, de vez en cuando, se enfurruña porque le saca de quicio el estar rodeado de caos y de falta de organización. Luego, enseguida, hace un gesto de como si nada, sonríe y te cuenta cualquier historia llena de suculentos matices. Es buen conversador, de sinceras y lógicas verdades, y parece tener la natural sabiduría del hombre tranquilo. Sospecho que sus conocimientos los ha  aprendido de ver con profundidad y sin retorcimientos. Un día comí en su casa y me sorprendió su biblioteca. “Me gusta leer y no tengo libros porque sí”, me dijo como sentenciando. Yo, que pienso que los libros hay que tenerlos a pesar de todo y aunque sólo sea como proyectos de lectura, le respondí que tener una buena biblioteca es apostar por el futuro y que tampoco está de más tener libros por tenerlos. No estoy seguro de si me dio la razón o no. También le gusta el ajedrez, quiere a su mujer y a sus dos hijos y le encanta ir en verano al pueblo donde nació.

Su casa es de barrio. Llegó, como tantos otros complutenses, a trabajar y a buscar vivienda barata en el extrarradio de Madrid y se encontró con una ciudad cambiante y con mucha gente de ningún lado que buscaba un sitio donde prosperar: la Alcalá de Henares del desarrollismo; la ciudad que nos dejó un urbanismo del caos, pero que también nos dio la posibilidad de empezar casi de cero, de crear algo nuevo en un lugar que sufría un proceso acelerado de caducidad. La historia de los que crecieron en aquellos barrios es la historia de una nueva Alcalá de Henares que, gracias a ellos, se salvó de ser enterrada. Hay una expresión retórica, y por eso la uso, que definiría lo que representa Pedro y tantos otros como él: sabia nueva y fresca.

Les puedo asegurar que se merece lo que tiene y que se lo “curra”. Siempre echa esa necesaria mano que suele salvarnos en el último momento. Hay que reconocer que tiene una paciencia infinita.

Pedro, sin proponérselo, es de los que renovaron la ciudad, aunque sobre todo es un buen y espontáneo amigo. En fin, no es, desde luego, un complutón y sí uno de esos auténticos complutenses que vienen haciendo la callada historia del día a día en esta complicada y fantástica ciudad.

Enrique M. Pérez

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