La destrucción de la Pagoda

En 2019 se cumplen 20 años de la desaparición de la antigua sede de Laboratorios Jorba, aunque quizá sea mejor decir que desapareció «la Pagoda», un emblemático edificio símbolo de una manera, monumental e innovadora, de entender la arquitectura contemporánea.

En aquel momento escribí un pequeño artículo en Diario 16, quejándome de la destrucción de un monumento y de la incapacidad y falta de sensibilidad por parte de algunos de nuestros gobernantes a la hora de valorar la riqueza histórica y monumental de nuestras ciudades.

En homenaje a la Pagoda (1965-1970), les dejo aquí aquel artículo:

«Cogí el coche, me fui en dirección a Madrid y comprobé que era cierto; estaban destruyendo una gran obra de Miguel Fisac. Han acabado con “la Pagoda” y me duele porque durante toda mi vida conté con su presencia, y tanto que se convirtió en una especie de amuleto de mi pasión por la arquitectura contemporánea. Ha sido hecha añicos por unos incultos personajes dedicados, en cuerpo y alma, al insustancial propósito de ganar dinero. Peor para ellos. Me pregunto si tendrán recuerdos o si sólo serán trajes de marca bien planchados colgados de cuerpos hechos de hojalata y perfume caro. ¿Se habrán enamorado alguna vez? Yo hace años me enamoré de la arquitectura y busqué referencias para poder tocar el objeto de mi deseo. Recorrí Madrid de cabo a rabo buscando artistas y me encontré con Gutiérrez Soto, con Luis Moya, con Francisco Javier Carvajal, con Rafael Moneo, con Sáez de Oiza y con Miguel Fisac, entre otros muchos arquitectos que quisieron transformar un poblachón manchego en un bello experimento de formas y sentidos. Y cuando necesitaba del pasado, siempre me iba de Madrid, por la carretera de Barcelona, buscando otros viejos amores en una antigua ciudad de estudiantes llamada Alcalá de Henares. Pero mi huida era tranquila y estaba llena de despedidas que iba tocando y recorriendo con la vista. Y entre ellas siempre estuvo la puntiaguda, fantástica y extraña Pagoda. Puede que haya muerto por ser rara o por ser bella; puede que sea el destino de todo aquello que en el fondo, por salirse de las normas, da miedo. A pesar de todo, me resisto a conformarme y sigo sin entender por qué el Grupo Lar ha tomado la estúpida decisión de destruir una obra de arte. Lo siento por él, pero el Madrid de hoy parece haber perdido el placer de lo sensual, y sin prisa, pero sin pausa, corre el peligro de ir convirtiéndose en un anodina y vulgar ciudad de pastiches y remiendos».

Enrique M. Pérez

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