Alfonso Carrillo de Acuña y su pasión por la alquimia, Alcalá de Henares

Alfonso Carrillo de Acuña y su pasión por la alquimia, Alcalá de Henares

El gusto por la alquimia del arzobispo de Toledo Alfonso Carrillo de Acuña (1410-1482) fue más que notable, convirtiendo su palacio arzobispal de Alcalá de Henares en uno de los grandes centros de estudio y experimentación en torno a este arte en la Castilla de la época. Toledo se convirtió durante su arzobispado en un foco de magia y artes relacionadas con el mundo de la alquimia.

En su obra «Claros Varones de Castilla y Letras » el consejero, secretario y cronista de los Reyes Católicos Fernando de Pulgar, describe la afición de Alfonso Carrillo de Acuña por la alquimia de la siguiente manera: «Placíale saber experiencias é propriedades de aguas é
de yerbas, é otros secretos de natura. Procuraba siempre aver grandes riquezas, no para tesoro, mas para las dar é destribuir, y este deseo le fizo entender muchos años en el arte del alquimia; é como quier que della no veía efecto, pero creyendo siempre alcanzarla para las grandes hazañas que imagínaba facer, siempre continuó: en la qual, é en buscar tesoros é mineros, consumió mucho tiempo de su vida,e gran parte de renta, é todo quanto mas podia aver de otras partes. E como vemos algunas veces que los hombres deseando ser ricos se meten en tales necesidades que los facen ser pobres, este Arzobispo, dando é gastando en el arte del alquimia, y en buscar mineros é tesoros pensando alcanzar grandes riquezas para las dar é destribuir, siempre estaba en continuas necesidades. E sin dubda puédese creer, que si lo que deseaba tener este Perlado respondiera al corazón que tenia, ficié ra grandes cosas. Al fin, gastando mucho, é deseando gastar mas , murió
pobre y adeudado en la Villa de Alcalá de edad de sesenta años, de los quales fué treinta é siete Arzobispo de Toledo».

Convirtió el palacio arzobispal de Alcalá de Henares en una suerte de laboratorio alquímico, lleno de atanores (hornos), lámparas, ollas, crisoles, platos, frascos, redomas, morteros, filtros, cazos, alambiques, sublimadores, tenazas… Arruinado por aquello de querer buscar la famosa piedra filosofal, murió arruinado en su palacio complutense el 1 de julio de 1482.

Uno de sus más influyentes consejeros alquímicos fue el maestro Fernando de Alarcón, hombre sabio en muchas materias, conspirador nato y con una gran influencia en el arzobispo y en la política castellana de la época. Sus consejos llevaron a Carrillo de Acuña a incidir en sus vaivenes políticos, apoyando primero a Isabel de Castilla, para más tarde dar su apoyo a Juana «la Beltraneja».

La relación entre Alarcón  y el arzobispo fue a peor, hasta el punto de ser el centro de las iras de Carrillo de Acuña ante los muchos desengaños alquímicos y políticos. Casi resuelta la guerra civil castellana, el influyente consejero acabó degollado en Toledo, en el contexto de las «justicias ejemplares» posteriores a las cortes celebradas en la ciudad en 1480. Pero antes de morir llegó a escribir para Carrillo de Acuña una obra dedicada a darle consejos sobre el comportamiento humano, «Tratado que hizo Alarcón, criado del señor don Alonso Carrillo, arzobispo de Toledo, al tiempo de su muerte».

Lo cierto es que, entre intriga política y actividad religiosa, Carrillo de Acuña buscó y obtuvo tiempo suficiente para rodearse de un grupo de adeptos a la alquimia que seguro proporcionaron al arzobispo la pasión y los conocimientos necesarios para aficionarse a este arte. No se sabe mucho de cómo se desarrollaban los conocimientos alquímicos antes del siglo XVI. Puede que se pasaran las horas muertas estudiando concienzudamente un famoso texto atribuido a Enrique de Aragón, supuesto marqués de Villena, o el también famoso «Libro del Tesoro y del Candado», atribuido en este caso nada menos que a Alfonso X el Sabio, aunque es muy probable que fuera compuesto por el círculo de alquimistas de Carillo de Acuña.

Aunque posterior a la época del arzobispo, uno de los más notables químicos y alquimistas del renacimiento español fue Diego de Santiago (nacido a mediados del siglo XVI). Seguidor de Paracelso, en su «Arte separatoria» hace algunas descripciones que seguro hubieran hecho las delicias de Carrillo de Acuña: «los metales son sujetos a los siete planetas el oro a el Sol, y la Plata a la Luna, y el Cobre a Venus, y el Plomo a Saturno, y el Hierro a Marte, y el Estaño a Júpiter. Y como todas las cosas caminen a su esfera según vía natural, vemos que dando con Marte en las piedras cambia el fruto que de ellas saca, que son las centellas a lo alto donde está su esfera, y por el consiguiente al contrario que si damos con la Piedra en él envía la piedra las centellas abajo por estar su esfera en la Tierra»

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