La Edad Media en Alcalá de Henares

En 1118 se conquista de manera definitiva el castillo musulmán de Alcalá por las tropas cristianas. El asedio es organizado por el arzobispo de Toledo don Bernardo de Sedirac (1086-1124). Su amistad con el papa Urbano II y su habilidad diplomática posibilitó que tras la conquista no se restituyera el obispado complutense. El 10 de febrero de 1129, don Raimundo de Sauvetat (1124?-1152) se convirtió en el primer señor de Alcalá al recibir del rey Alfonso VII la donación de las tierras complutenses al arzobispado de Toledo. A partir de este momento, la historia de la villa y tierra de Alcalá estuvo ligada a la de los arzobispos toledanos hasta el siglo XIX, señores que la ennoblecieron haciéndola en muchas ocasiones su residencia.

Muchos de estos prelados pasaron más tiempo en Alcalá de Henares que en Toledo e incluso los hubo que eligieron la tierra complutense como lugar de descanso de sus restos. Y fueron los arzobispos más enamorados de Alcalá de Henares los que más profunda huella dejaron en la historia y el arte de nuestro país. Sirvan como ejemplo Jiménez de Rada, Gil de Albornoz, García Gudiel, Tenorio, Carrillo de Acuña, Cisneros, Fonseca, Tavera y Sandoval, entre otros muchos.

Las leyes que regían la villa medieval eran las otorgadas por el Fuero Viejo, promulgado por el arzobispo Raimundo en el año 1135, que fue ratificado y ampliado por el arzobispo Jiménez de Rada (1209-1247). Cisneros derogará este ordenamiento y creará el Fuero Nuevo (1509), considerado como el único procedente de la adaptación de un fuero medieval a otro propio de la Edad Moderna. Con estas leyes se repuebló una comunidad de villa y tierra a la que se unieron 25 poblaciones que, con ligeras variaciones, formarán el alfoz complutense.

El núcleo urbano medieval de la ciudad se desarrolló alrededor de la iglesia de San Justo. Se trataba de un centro comercial importante en la Castilla de la época. El rey Alfonso VIII, a petición del arzobispo Gonzalo Pérez (1182-1191), concedió un privilegio, en marzo de 1184, por el que se posibilitaba la celebración de una feria 10 días después del domingo de Quasimodo (siguiente al de Pascua de Resurrección). Alfonso X trasladó esta actividad comercial hacia el día de San Bartolomé (finales de agosto), de modo que tenemos documentadas, al menos hasta 1293, las coexistencia de dos citas feriales anuales. También, la privilegiada situación de la villa en una de las vías de comunicación más importantes de la península hizo que se incentivara el comercio y todo tipo de  transacciones económicas, principalmente en la calle Mayor, claro exponente del urbanismo medieval. En esta calle se ubicó una de las tres etnias religiosas que convivieron en la Edad Media: el pueblo judío. En sus proximidades tenemos constancia de dos sinagogas, lo que nos demuestra la importancia de su población.

En la calle de Santiago, y hasta las murallas, se situaron los musulmanes, que destacaron por su trabajo artesanal y de los que se conservará una mezquita hasta la época de Cisneros. El resto de la villa estaba habitada por cristianos, que podemos dividir en dos grandes grupos: los que pagaban impuestos o pecheros y los exentos, formado por el clero y los caballeros villanos. Estos últimos pertenecían a la nobleza urbana y tenían la obligación de defender con sus armas los intereses del reino y formaron, hasta el Renacimiento, el órgano de poder del Concejo de la villa. No se tiene constancia de enfrentamientos religiosos entre culturas en la Edad Media, dándose una cierta convivencia pacífica en la que la morería y la judería no se convirtieron en guetos étnicos sino en barrios con mayoría de musulmanes y sefardíes respectivamente.

Por otra parte, el hecho de que Alcalá de Henares fuese un señorío prelaticio conllevó que los arzobispos de Toledo se construyeran un suntuoso palacio, donde se celebraron multitud de sínodos y concilios. En algunos se tomaron decisiones trascendentales para la historia de Castilla, como la pérdida del reconocimiento al cismático papa Benedicto XIII, en el año 1398, bajo la presencia del arzobispo Tenorio (1377-1399) y del rey Enrique III. La estancia de monarcas fue constante, llegándose a dar el caso de la muerte de uno de ellos, Juan I, cerca de la puerta de Burgos. Cuando intentaba lucirse como jinete ante mercenarios farfanes (norteafricanos) cayó del caballo, con la trágica consecuencia de su muerte y el consiguiente vacío de poder en el rino. El arzobispo Tenorio ocultó la situación hasta poder restablecer la sucesión dinástica en Enrique III, que sólo tenía 11 años.

Otras visitas reales tuvieron objetivos de orden político. En el año 1309, Fernando IV, rey de Castilla, y Jaime II, rey de Aragón, se reúnen en la villa medieval para repartirse la reconquista de Al-Andalus, en el que es conocido por los historiadores como «Tratado de Alcalá».

Tras la muerte del arzobispo Jimeno de Luna (1328-1338), siendo el primer señor de Alcalá de Henares que falleció en la ciudad, su sucesor y sobrino, el arzobispo Gil Álvarez de Albornoz (1338-1350) fue el promotor que impulso ante Alfonso XI la celebración de Cortes Generales de Castilla en Alcalá de Henares el año 1348. De este trascendental encuentro saldrá el «Ordenamiento de Alcalá», uno de los pilares de la justicia de Castilla. Este conjunto de leyes establece el orden de relación de fuentes del derecho, dando entrada oficialmente a las Partidas de Alfonso X (1256-1265) como base del Derecho Oficial. Dadas las limitaciones que introduce en la aplicación de los Fueros Municipales y su brevedad y concisión, puede decirse que, a partir de la entrada en vigor de este ordenamiento, el gran monumento del Derecho que son las Partidas adquiere vigencia oficial hasta la promulgación del Código Civil (1889) aunque, de hecho, aún hoy sigan teniendo valor legal, siempre que no entren en conflicto con leyes posteriores. Con este acontecimiento, Gil Alvarez de Albornoz consiguió transformar su villa medieval en un centro político y administrativo de primer orden.

Y precisamente es este arzobispo toledano quien encarceló a Juan Ruiz, Arcipreste de Hita. En el verso “hija mucho os saluda uno que es de Alcalá” (estrofa 1510 del Libro de Buen Amor) se ha querido ver el origen complutense del poeta. La entonces villa también es citada en la estrofa 1512: Don Carnal, tras vencer a Doña Cuaresma, se viene a Alcalá a pasar la feria. El río Henares es citado en dos ocasiones. En definitiva parece más que probable que Juan Ruiz fuera alcalaíno. Pero lo que sí que se puede afirmar con seguridad es que el poeta tuvo un buen conocimiento de la ciudad y que la intensa actividad de la población en la Edad Media tuvo que influir en su sensibilidad.

Una de las efemérides más singulares para la historia de la ciudad fue la firma en Valladolid, el 20 de mayo de 1293, de la concesión para fundar Estudios Generales, privilegio otorgado por Sancho IV «el Bravo» a petición del arzobispo Gonzalo García Gudiel (1280-1299). Estos estudios, de existir, tuvieron una vida discreta, hasta que el arzobispo Alonso Carrillo de Acuña (1446-1482) los potenció fundando tres cátedras de Artes (dos de Lógica y una de Gramática). Las enseñanzas se impartieron en el convento franciscano de Santa María de Jesús, fundado por este último arzobispo. Su sucesor en la Mitra Toledana, Pedro González de Mendoza (1482-1495), los ampliará con otras tres cátedras (Derecho Civil, Derecho Canónico y Teología). Cisneros refundará y potenciará estos Estudios, convirtiéndolos en una de las universidades más prestigiosas del Renacimiento.

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