Juan Francisco de Leyva y su familia. Un alcalaino del siglo XVII

«Juan Francisco de Leyva y su familia. Un alcalaino del siglo XVII» más que a un personaje histórico hace referencia a un hombre y a su familia, ejemplo de cómo la aristocracia española del siglo XVII se aprovechaba de su privilegiada posición.

Juan Francisco de Leiva, conocido como el conde de Baños, nació en la casa del conde de Coruña en Alcalá de Henares el 2 de febrero de 1604. Posiblemente, este militar, político y aristócrata alcalino fue uno de los personajes más representativos de cómo se interpretaba el ejercicio del poder en la corte del rey Felipe IV. Corrupción, abusos, pago de influencias, enriquecimiento ilícito… En fin, parte de la realidad política de una época muy compleja de la historia de España.

Este caballero de la Orden de Santiago, gentilhombre de Felipe IV y marqués de Adrada se casó con Mariana Isabel de Leyva y Mendoza, condesa de Baños, de donde le vino a Juan Francisco el título nobiliario por el que era conocido. Del matrimonio nacieron tres hijos, Pedro, Gaspar y Antonio, y una hija, Úrsula, que llegó a ser condesa de Montijo.

La vedad es que formaron una familia muy bien avenida, arropándose entre sí y organizándose para trabajar conjuntamente en el lucrativo negocio de la corrupción política de la época.

Los tejemanejes de la corte española de Felipe IV llevaba a situaciones en algunos casos esperpénticas, donde sólo se valoraban las influencias y el pago de favores. Seguro que esta fue la razón por la que el rey se empeñó en nombrar en 1660 virrey de Nueva España a un desconocido Juan Francisco. El alcalaíno se traslado a la ciudad de México con su mujer e hijos, tomando posesión del importante cargo tal cual como si hubieran llegado a la cueva de Alí Baba.

Nada más llegar a México, la familia sintió la fuerza de ser poderosos y adulados. Juan Francisco, sus hijos, pero sobretodo su mujer, Mariana Isabel, se convirtieron en los perfectos sátrapas bajo cuya influencia se comenzaron a cometer todo tipo de barbaridades y corrupciones.

La voz cantante la llevaba la virreina, de fuerte carácter y con un marido fácil de controlar. Se dedicaba a enriquecerse vendiendo cargos, potenciando una lucrativa red de tráfico de influencias y comprando favores. Todo ello, empleando trucos como hacer firmar a su marido documentos si tener conocimiento de la que firmaba.

Pronto empezaron a conocerse en México las noticias sobre las lucrativas aventuras y corruptelas de la familia virreinal, más aún debido a las famosas y «excesivas» fiestas que organizaban los hijitos del virrey. Un gran escándalo que llegó a oídos de la Corte en España. El caso es que se preparó la destitución de Juan Francisco, pero la familia ideó un plan para hacer oídos sordos: el virrey retenía la correspondencia para hacer como si no hubiera llegado.

Juan Francisco cuenta además con el honor de haber sido el causante de importantes revueltas entre algunas comunidades indígenas mexicanas, como la de 1661 en Tehuantepec, donde la población se reveló al mando de Juan de Arellano.

La gota que colmó el baso de la paciencia en México fue la prepotencia y el abuso de autoridad de Pedro, hijo del virrey, que mató sin justificación alguna a un criado del conde de Santiago de Calimaya. Este hecho provocó disturbios, como el apedreamiento de la familia virreinal al salir de misa, y tuvo que intervenir la Real Audiencia de México. El cese fue fulminante (28 de junio de 1664), nombrándose una autoridad interina hasta la llegada del nuevo virrey, Antonio de Toledo.

La familia regresó a España, donde vivieron con comodidad y regocijo. Viudo de su querida esposa, en 1676 ingresó, se supone que para expiar sus muchos pecados, en el convento de carmelitas descalzos de Guadalajara, donde murió en 1678.

 

 

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