El recuerdo de una comunidad monástica de Alcalá de Henares

El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir, escribió Cervantes.  Hace ya unos cuantos años, y ese breve tiempo ha ido pasando casi como si no pasara,  escribí un texto ingenuo y cariñoso dedicado al afecto, al vínculo con unas personas que me aportaron experiencias y vida nueva. Aquello fue para mí magnífico y siempre lo recordaré como  un gran momento en mi vida. En 2000, las monjas cistercienses de Alcalá de Henares dejaron su convento de San Bernardo…

“No sé si soy el más indicado para expresar algo sobre las personas que han formado la comunidad de monjas cistercienses de Alcalá de Henares. Ya lo he hecho en varias ocasiones y siempre, y es una apreciación íntima, he sentido que decía mucho más de lo que aparentaba decir. Mi relación con ellas, expresado desde aquí, desde lejos, quizá porque es más fácil, en algún momento dejó de ser simplemente formal y sin darme cuenta, como siempre ocurre en estos casos, nació el afecto, el cariño y una relación familiar y cotidiana. A partir de entonces, todo lo que me ha ligado a las  personas del monasterio cisterciense de Alcalá se ha visto tamizado por la sensación de compartir en parte la vida. Por ello, ahora que toca despedirse, no puedo hacerlo de la comunidad cisterciense de Alcalá, lo quiero hacer recordando a María Jesús, a Concepción, a Bernarda, a Josefa, a Rafaela, a Victoria, a Natividad y a Magdalena. Lo que he vivido con ellas ha sido un sueño mezclado de momentos espléndidos, dolorosos o sencillamente cotidianos.

¿Alguna vez han hecho un museo? Me explico, ¿han soñado de pequeños con ser policías, bomberos, príncipes o héroes? Creo que es fácil entender lo que quiero decir. Aquel día de 1997, un grupo de soñadores encabezado por la madre María Jesús, sintieron que era posible hacer realidad un bello sueño. No es  tiempo de recordar  paso a paso lo que ocurrió mientras fue naciendo el Museo Cisterciense del Monasterio de San Bernardo en Alcalá de Henares, pero les puedo asegurar que me siento un privilegiado y que sólo se me ocurre dar las gracias.

Tampoco es tiempo de reflexionar sobre el destino, sobre la vida y sus alegrías y tristezas, porque si algo he aprendido de mis compañeras de sueños es que todo se puede vivir en positivo, como una manera de suavizar nuestra compleja condición humana. Yo sé que en este momento parece que mi sueño, nuestro sueño, acabó y que una parte de lo que hemos creado se va. Pero no es así, desaparece una parte de nuestra historia, compartida durante casi 400 años, una comunidad religiosa, su manera de entender la vida, el mundo y a los demás. En cambio yo siento que las personas a las que quiero y de las que me tengo que despedir ahora sólo se van a otro sitio; van a estar algo más lejos, pero nada más. Estoy seguro de que serán felices; las conozco y sé que lucharán como siempre por sus ideales y compromisos, y también sé que seguirán siendo parte de mí y de mi historia. También sé que seguiré luchando para que nuestro sueño, nuestro museo, quede como testimonio de toda una historia de siglos compartida entre Alcalá y la orden cisterciense.

Un gran alcalaíno, en un capítulo de su obra, dejó hablar a un tal don Quijote que, con buen tino y mejor voluntad, quiso aconsejar a su amigo Sancho con estas buenas palabras: “has de poner los ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que puede imaginarse”. Gracias por haberme ayudado en ese complicado camino que con tanta cordura quiso explicar el buen caballero andante a su escudero. Un beso muy fuerte a todas y hasta que nos veamos en San Miguel o en Gradefes”.

Como les decía, el tiempo, que pasa rápido, pero que se agarra a los recuerdos y a la bella emoción de los momentos vividos. Un pasado que en muchos casos, y no sé la razón, parece ser mejor.

Enrique M. Pérez.

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