Aurelio Prudencio Clemente, poeta latino y cristiano

Aurelio Prudencio Clemente, poeta latino y cristiano

Recordar, apoyar la memoria, crearla, resumirla, inventarla; todo eso o lo que fuera necesario en una época todavía de inseguridad, de una fuerte lucha entre ideas contrapuestas. Estamos entre los siglos IV y V, el cristianismo aún pelea para ganar su batalla ideológica, espiritual y política en el imperio romano. Y va ganando, es imposible de parar una religión que ya es permitida, apoyada por el poder político, se ha extendido por todo el territorio. Como en todo proceso de asentamiento y crecimiento, surgen hagiógrafos que muestran la vida y la obra de aquellos que lucharon por sus ideas cristianas como testimonios de heroicidad y ejemplo para los demás.

Quizá Aurelio Prudencio Clemente (348-c. 413) fue uno de esos hagiógrafos, pero en su caso, fue, además, un gran poeta. «La mocedad viciosa me enseñó luego a fingir y no pasó inocuamente por mi alma. La insolencia peligrosa y la ostentación provocativa, ¡ay, me avergüenzo y me pesa!, manchó mi juventud con sus inmundicias y su lodo». Así recuerda Prudencio en la Praefatio que puso a sus poesías esa etapa de la que nos quejamos cuando la vemos desde la distancia, pero a la que contemplamos con un rictus de orgullo, de alegría oculta por lo vivido.

Él vivió con pasión una época decisiva, y lo hizo como un influyente político, como funcionario imperial y hasta como gobernador de dos provincias. Fue prefecto en época de Teodosio, y ocupó cargos de responsabilidad en Milán, donde conoció al que sería padre de la Iglesia, Ambrosio. Y fue testigo de las últimas luchas por mantener el pasado de Roma, de la resistencia pagana, del cada vez mayor poder cristiano y de cómo la Iglesia comenzaba a mostrar un gran interés por un poder que ya no quería sólo moral o espiritual.

«Tengo en la actualidad cincuenta y siete años. Se aproxima el fin, y Dios va mostrando a mi ancianidad el día vecino», nos vuelve a recordar en su Praefatio. A fines del siglo IV se retiró a un monasterio, en su Hispania natal, para pensar, reflexionar, recordar y crear memoria nueva, pero sobre todo para aportar su fuerza interior al proyecto espiritual y terrenal del que formaba parte. Comenzó a escribir con 56 años, en 404. Nació en Calahorra o en Zaragoza en 348 y murió en su retiro entre los años 405 y 413.

Su gran obra poética y religiosa fue el Peristephanon, una magnífica colección de himnos dedicada a los mártires cristianos, con preferencia por los españoles. Una gran obra, mezcla de la perfección técnica de un intelectual y de multitud de tradiciones populares, de historias y de leyendas que recogió y plasmó magistralmente en su poesía. Había que hacerlo, y lo hizo tan bien que se le considera el mejor poeta latino de su época.

Su obra es literaria, didáctica, religiosa; representa la necesidad del orgullo de ser cristiano, de crear un nuevo patriotismo en torno a la nueva fe que pudiera sustituir al patriotismo de la antigua Roma. Han llegada hasta nosotros más de 20.000 versos del Peristephanon, algunos aún inéditos, y entre ellos los dedicados, en el cuarto himno, a los mártires complutenses Justo y Pastor: Sanguinem Iusti, cui Pastor hacrct, / ferculum duplex geminumque donum / ferre Conplutum gremio iuuabit / membra duorum.

También hay que recordar su Psychomachia, poema alegórico que se desarrolla en torno a uno de los más recurrentes motivos de reflexión en la historia del cristianismo: la lucha por el alma humana entre los vicios y las virtudes.

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