De leyendas, milagros y sueños….la Virgen del Val

Cuenta la leyenda que hace muchos años un labrador que andaba trabajando unas tierras cercanas al río Henares tuvo que parar de repente su arado al notar que algo le impedía seguir. Se extrañó, podía ser una simple piedra, aunque también puede que el esperado milagro por fin hubiera llegado. Desde hacía no mucho Alcalá de Henares era cristiana. En 1129, el rey castellano Alfonso VII entregó estas tierras a los arzobispos de Toledo, que se convirtieron en sus señores y promovieron la llegada de gentes dispuestas a devolver a la vieja Complutum la importancia económica y espiritual que tuvo en otros tiempos.

Todavía resonaba la fuerte voz de don Raimundo, el primer señor, hombre culto y preocupado por sus súbditos, a los que otorgó un fuero para que convivieran en paz y con justicia. La tolerancia en un lugar recién reconquistado era muy importante y don Raimundo supo hacer de ella uno de sus principales argumentos políticos, sociales y religiosos. Pero, a pesar de todas las ventajas y facilidades dadas a los recién llegados para que hicieran suyas estas tierras, todavía en Alcalá de Henares, como estaba ocurriendo en otros muchos lugares, hacía falta un milagro. Parece que fue en tiempos del arzobispo Gonzalo Pérez cuando ese labrador que andaba ocupado en el trabajo de la tierra y que aún no se sentía a salvo del todo de los ataques del enemigo mahometano, iba a ser protagonista de la definitiva señal que convertiría a Alcalá en una tierra segura y apropiada para los cristianos.

El milagro de excavar la tierra deprisa y de encontrar intacta una imagen de Santa María. Asustado y nervioso, la recoge y casi sin atreverse a mirarla la lleva a la capilla construida en honor a Justo y Pastor. Después, más milagros semejantes a aquellos que contó con poesía e ingenuidad Gonzalo de Berceo: la Virgen regresa a su sitio, a la tierra donde fue encontrada, como queriendo mostrar que es la señora de un lugar nuevo y de los nuevos hombres llegados a darle sentido. Y hasta juega a esconderse en el tronco de un olmo cercano al río Henares. Así, todos se dieron cuenta de que Santa María quería permanecer allí, y la leyenda y el milagro se convirtieron en una pequeña ermita.

Desde entonces, también Alcalá de Henares se sintió favorecida por Dios, y los arzobispos lo agradecieron mejorando la capilla de la Virgen, a la que llamaron del Val o Valle recordando las tierras donde había aparecido junto al río. Con el tiempo, el arzobispo Pedro Tenorio levantaría nuevos muros para la ermita y la adornaría con el orgulloso león rampante de su escudo. El culto a la Virgen se propagó pronto y los habitantes de Alcalá de San Justo se reunieron en cofradías (una de nobles y otra de pecheros o no exentos de pagar pechas o impuestos) y decidieron hacer romerías en honor a quien quisieron que fuera su patrona.

Mucho después, los soldados de Napoleón, sin respetar leyendas ni tradiciones, destruirían parte de la herencia de aquel sueño. La Virgen del Val, en una época donde ya no era tan fácil recurrir al milagro, tuvo que conformarse y dejó que se la llevaran hasta la iglesia de San Justo y Pastor. Pero como las tradiciones son tozudas y los hombres gustan de conservarlas, a finales del siglo XIX, en 1889, se quiso rehacer su templo. Primero con un proyecto del arquitecto Pastells, que no se llevó a cabo, y más tarde, en 1924, con el definitivo de José Azpiroz, que idea un edificio de fuertes y altos muros de ladrillo en estilo neogótico donde se volvieron a colocar los viejos escudos del arzobispo Tenorio.

Luego vino la guerra civil de 1936 y con ella desapareció el retablo de la ermita y hasta la propia imagen de la Virgen. Después quisieron rehacer los sueños y se volvió a tallar en piedra a la Virgen del Val, se la dio un lugar en la Magistral y se colocó una copia en la ermita. Y allí, en un retablo que fue una antigua carroza de fiestas realizada a imitación de la cátedra del Paraninfo, permanece compartiendo su tribuna con los patronos Justo y Pastor.

La ermita, la alameda, el paseo, la romería, los rezos, las meriendas, los juegos, la risa, el baño, el río y, al otro lado, el cerro del Ecce-Homo y lo que quedó de la gran fortaleza musulmana de Alcalá. Gente vestida para ir al campo o de día de fiesta que sueña con el camino que conduce al Val. Puede que para muchos eso sea la ermita de la Virgen: recuerdos, tradiciones, la procesión del tercer domingo de septiembre en honor a la patrona, otros tiempos… Pero quizá lo importante es que, a pesar de que pasaron los colonos, los labriegos, los arzobispos y los milagros, aún se resiste a morir el símbolo, la imaginación y el recuerdo, y puede que por eso merezca la pena acercarse hasta el Val, mirar la ermita, caminar junto al río y soñar.

Enrique M. Pérez

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