Leonor de Cortinas, la madre de Miguel de Cervantes

Leonor de Cortinas, la madre de Miguel de Cervantes

Leonor de Cortinas y Rodrigo de Cervantes tuvieron siete hijos: Andrés, bautizado en la parroquia de Santa María de Alcalá de Henares y fallecido al poco de nacer;  Andrea, amante de Nicolás de Ovando, con quien tuvo una hija, Constanza de Ovando y Figueroa; Luisa, monja y tres veces priora en el convento de las carmelitas descalzas en Alcalá de Henares; Miguel, el autor de El Quijote; Rodrigo, alférez, combatiente de Lepanto, cautivo en Argel como su hermano Miguel y muerto en Flandes; Magdalena, madre adoptiva de Isabel de Cervantes y Saavedra; Juan, el pequeño, nacido poco antes de la muerte del abuelo Juan. Su vida ni fue, ni dejó de ser, ejemplar, sólo una vida más en una familia castellana que sufrió, como cualquiera en su época, los avatares de una época difícil contradictoria.

La fama se la ha dado el tiempo gracias a su hijo Miguel, ser madre de un mito no puede dejar indiferente a nadie. Parece ser que nació en Arganda del Rey hacia 1520 y que entre sus antepasados estuvieron Gonzalo de Cortinas (su bisabuelo, muerto hacia 1486), Diego Sánchez de Cortinas (su abuelo, muerto en 1520), alcalde de Maqueda. Su madre fue Elvira de Cortinas ( muerta en 1566), de su padre no se sabe nada.

Su familia llegó a poseer una importante extensión de tierras cerealistas en Arganda, acumulando una moderada riqueza que hizo que Leonor pudiera acceder a una cierta educación, hasta el punto de que sabía leer y escribir; educación que se convertiría en un motivo de esperanza a la hora de conseguir un buen matrimonio.

Pero no hubo demasiada suerte, se casó con un humilde «cirujano sangrador» llamado Rodrigo de Cervantes. Rodrigo tenía buen porte y era hijo del hidalgo cordobés Juan de Cervantes, un importante licenciado en Derecho por Salamanca que adquirió fama gracias a sus servicios a los Mendoza. Orgulloso de su estirpe, el joven complutense Rodrigo puede que enamorara a la joven Leonor con sus dotes, entre otras, a la hora de domar y montar caballos, aunque la bonanza económica de su familia y su orgullo no impidió que acabara dedicando su vida al desprestigiado oficio de «cirujano sangrador». Eso sí, tal circunstancia no tuvo que importar mucho a Leonor, y acabó casándose con él en la década de los cuarenta del siglo XVI. Vinieron muchos hijos, puede que demasiados, y el matrimonio acabó por no poder hacer frente a los enormes gastos y al día a día.

La vida llevó al matrimonio a Valladolid en 1551. Rodrigo esperaba mejorar su situación económica, pero el intento resultó fallido y, tras dos años en la ciudad castellana, volvieron fracasados a Alcalá de Henares. Y luego, la dura separación. Rodrigo a Córdoba, buscando nuevas oportunidades en la tierra de donde procedía su familia, Leonor en Alcalá, cuidando a los suyos y puede que humillada y dolida por la lejanía de Rodrigo.

Poco se vio el matrimonio desde entonces, de vez en cuando Rodrigo volvía a Alcalá, como cuando se presentó a comienzos de 1565 para asistir a la profesión de su hija Luisa (un 11 de febrero) en el convento de carmelitas descalzas de la Purísima Concepción, situado en la calle de la Imagen de la ciudad. Pero Rodrigo volvió a dejar a su familia y se fue a ganarse  la vida a la próspera y magnífica ciudad de Sevilla.

Cuando en 1566 murió su madre Elvira, Leonor pidió a Rodrigo poder volver a estar juntos. El dinero de la herencia materna permitió a la familia vivir en Madrid con cierto desahogo económico, hasta que la vida les presentó un nuevo e importante revés: el cautiverio en Árgel de sus hijos Miguel y Rodrigo. Y fue aquí donde Leonor demostró su fuerza y determinación, casi como una madre coraje, movió influencias, trabajó, reunió de donde pudo dinero, y acabó por conseguir una parte importante de la cantidad solicitada a cambio de la liberación. Trescientos ducados, el trinitario Juan Gil, 1579, y la firme voluntad de salvar a su hijo Miguel, de 33 años. Una actitud que contrastó con la de Rodrigo, indiferente, apático y sólo pendiente de sí mismo y de sus problemas personales.

No vivió mal antes de morir en Madrid el 19 de octubre de 1593. La herencia familiar, los tejemanejes de sus hijas, los dineros conseguidos por Rodrigo. Para orgullo de su familia y de su recuerdo, consiguió tener un honrado y puede que hasta algo lujoso funeral.

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