MI PRIMER DON JUAN EN ALCALÁ.

Mi primer don Juan en Alcalá

Mi primer don Juan en Alcalá existe como parte de mi calendario personal, fechas que celebran sentimientos, recuerdos o nostalgias, con las que uno se identifica y que se convierten en motivo para, llegado el momento, sentir una agradable sensación de extraño y familiar bienestar. Una de esas fechas o momentos ha sido siempre para mí la fiesta de Todos los Santos. Quizá sea por las reuniones familiares que, con la disculpa de ir al cementerio, se convertían en excusa para juegos, reencuentros con primos y comilonas, acabando con el jugoso colofón de los huesos de santo y los buñuelos de viento.

También forma parte de esa agradable sensación que sentía en torno a la festividad de los difuntos una obra de teatro, que en mis más antiguos recuerdos aparece en el blanco y negro de la primera televisión que hubo en casa, titulada Don Juan Tenorio. Me encantaba todo el ceremonial que suponía sentarse ante el televisor a ver la obra y, mientras dábamos cuenta de los huesos de santo, sentir esa mezcla de miedo y emoción por un relato que me trasladaba a una época que me parecía de leyenda y que me hacía soñar.

Desde entonces, el primero de noviembre es una fiesta en la que me acompaña don Juan, doña Inés y, junto a ellos, un tranquilizador concepto de la existencia, que parece mezclar el vivir la vida lo mejor posible con un miedo pensado a la altura del ser humano y con las lágrimas redentoras de un final feliz.

Mis primeros encuentros con el Tenorio fueron infantiles e idealizados, y por ello han quedado como parte de la memoria de tiempos en los que casi todo era sorprendente. Más tarde, ya mayorcito, aparecí por Alcalá de Henares un día de primeros de noviembre. Hacía poco que me había enterado de que en la ciudad se representaba la obra de Zorrilla, y allí me presente con el mismo espíritu festivo que me acompañaba desde los tiempos en los que veía la obra en televisión, aunque tengo que reconocer que por entonces empezaban a flaquear mis aficiones relacionadas con los recuerdos de la infancia; pero lo de Alcalá me reconcilió con aquellas sensaciones que viví de pequeño.

Mi primer don Juan en Alcalá fue el del año 1988. Lo protagonizó Tony Isbert y el papel de doña Inés lo interpretó Maribel Verdú. Cuando la  Schola Cantorum apareció en escena dando vida a la procesión de monjas del convento de las Calatravas de Sevilla sentí algo parecido a lo que aspiran a sentir los que se empeñan en inventar máquinas del tiempo: la ciudad, las calles, la gente, el aire, el ambiente eran las de un lugar del siglo XVII. Desde entonces no fallé y con el tiempo ya no sólo me enamoró el don Juan en Alcalá, toda la ciudad me acompañó en mis estudios y por sus calles y edificios me guiaron los grandes de la literatura española.

Por supuesto que el don Juan Tenorio del que hablo es muy personal. El que escribió José Zorrilla nos parecerá bueno, malo o regular, pero hay que reconocerle la virtud de haberse convertido en el prototipo del viejo mito del hombre que peca por amor. Don Juan puede ser un luchador por la libertad, un enfermo que sufre un agudo complejo de inferioridad, un machista, un transgresor del sistema que desafía a la sociedad, a Dios y a la muerte. Puede  ser todo eso o no puede ser nada. Gregorio Marañón dedicó muchas páginas a tratar de ahondar en las profundidades del alma de don Juan y no estoy seguro del éxito de sus pesquisas, porque tengo la sensación de que a este mito le sobran, como a otros muchos, interpretaciones. Lo digo por si acaso hay alguien que piensa que en la actualidad es inútil seguir representando una obra tan, en apariencia, reaccionaria.

Nuestro don Juan en Alcalá es ya, una magnífica tradición, tan esencial en el alma cultural y festiva de la ciudad que sin ella quitaríamos sentido a todo lo que se ha venido haciendo por recuperar lo mejor de este bello rincón, lleno de luces, sombras y esquinas, donde siguen habitando los espíritus de aquella época de pecado, amor y muerte.

Enrique M. Pérez

 

 

 

 

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