Vidrieras, Catedral Magistral, Alcalá de Henares

Vidrieras, Catedral Magistral de Alcalá de Henares

En 2014 murió Francisco Javier García Gutiérrez, un gran historiador de Alcalá de Henares, un estupendo escritor y un magnífico profesor. Lo fue de muchos alcalaínos de nacimiento o de adopción (como él mismo, que nació en Beratón (Soria) en 1928), que gracias a él nos sentimos comprometidos con el pasado, presente y futuro de nuestra ciudad. Además, fue Cronista Oficial de la Ciudad hasta su muerte.

Aquí les dejo un artículo suyo sobre un aspecto bastante desconocido de nuestra Catedral Magistral:

Vidrieras, Catedral Magistral de Alcalá de Henares

«Posiblemente, tras nuestro paseo detenido por este recinto sacro, nos hayan pasado desapercibidas las vidrieras. Es claro que los ventanales del singular templo complutense son de tamaño mucho más reducido de lo que es habitual en el arte gótico de cualquier período. Así fueron en el pasado de ejecución cisneriana y así siguen, puesto que no se ha modificado su estructura, pese a los terribles avatares.

Sabemos por el historiador Esteban Azaña que cuando se hizo el templo total con las trazas de los Egas y la dirección de Pedro Gumiel «también se hicieron a su costa las vidrieras pintadas a fuego… de las que sólo queda algún resto». Se refiere a que se hacen a cargo de Cisneros y lo dice el historiador en 1882.

Bastantes años más tarde Heliodoro Castro, en su «Guía ilustrada de Alcalá de Henares» (1929), afirma: «Las vidrieras de imaginería de todas las ventanas son de Maumejean Hermanos, que tanta reputación y fama han adquirido en la confección de vidrieras policromadas”. Dada la fecha y que el templo estaba en restauración desde 1901, las vidrieras que cita corresponden a esa fase, que duró hasta 1936, y se hicieron según el «Proyecto número 1 para la terminación general de la Iglesia Magistral», de Luis Cabello Lapiedra (1920), que se conserva en el Archivo General de la Administración, Sección de Educación.

Estas vidrieras -que exhibía el templo hasta su incendio por las gentes de la columna Puigdendolas, comandadas por el anarquista Cipriano Mera- eran las siguientes, tal como las recoge un testigo presencial en una historia-guía manuscrita: señala para la girola y las llama vidrieras altas, cuatro evangelistas y los cuatro doctores máximos, sin decirnos el orden y posición exactos. En la capilla mayor estaban San Pedro y San Pablo, uno a cada lado. En el crucero, los Santos Niños y el apóstol Santiago, sin situarlos.

Señala luego la serie de «vidrieras bajas comenzando por la derecha del ábside: Santa Teresa, Santo Tomás de Villanueva, Santa Eulalia, San Diego, San Bartolomé, San Eugenio, San Ignacio, San Luis de Francia, San Martín, San Ildefonso, San Eugenio, San Francisco de Asís, San Joaquín y San José». Sin duda las de las naves laterales.

En los rosetones del crucero, sitúa, en uno el escudo de España  y en el otro, el del Obispado de Madrid-Alcalá, creado en 1885. Este dato ya da por sí mismo la modernidad. Y desde luego no podían ser cisnerianas, puesto que San Diego fue canonizado en 1588 y Santo Tomás de Villanueva y San Ignacio fueron alumnos de la Universidad Complutense en 1508 y 1526, respectivamente y ambos canonizados, junto a Santa Teresa, en 1622.

Ni una huella quedó tras el incendio citado, como podemos acreditar quienes conocimos las ruinas del templo y las numerosas fotografías, sin contar las marcas, que aún quedan, de las mordeduras del fuego en los arcos formeros laterales. Quedó documentado en un informe de José María Lacarra de Miguel, encargado por la Junta de Incautación y Protección del Tesoro Artístico, organismo creado por la II República. El documento es de 15 de marzo de 1937: «En la Iglesia Magistral avanza velocísimo el proceso de destrucción… Se han hundido completamente las bóvedas de la nave central y del Evangelio».

Hasta aquí el pasado. Las vidrieras que pueden verse hoy, desde el crucero y siguiendo el ábside, son de 1956-57. Existe un proyecto redactado por el arquitecto Félix Rodrigo Ugalde, del año 1955, donde se dice: «Reconstrucción de bóveda del crucero, girola, con los servicios de calefacción y vidrieras de la Iglesia Magistral». La entrega de obra la firma el también arquitecto Luis Díaz-Guerra y Milla. Los datos de estas vidrieras los complementa el actual director de la Casa Maumejean, que las hace entre 1955 y 1956.

En aquellos años el Cabildo de la Santa e Insigne Iglesia Magistral, cuyo es el título del templo, se componía así: Abad, el M.I. Sr. D. Francisco Herrero García; canónigos, los MM.II. Señores D. Rafael Sanz de Diego, D. Gregorio Sancho del Pozo, D. Félix Pérez de Gracia, D. Emilio Morales Sieteiglesias, D. José Ortiz, D. Doroteo Fernández Ruiz. Es importante el dato, puesto que a sus patronos se dedican siete de las vidrieras absidales. Eran beneficiados del templo D. Manuel Cervantes, organista; D. Emilio de Miguel Concha, sochantre; D. Laurentino de Miguel y D. Jesús Gordón, maestro de ceremonias.

Empezando por el lado del crucero que da a la Plaza de los Santos Niños, por la Puerta de la Cadena y precisamente por ella, el escudo Magistral y, bajo él, Nuestra Señora del Val. A partir de ahí en los ventanales encontramos a San Rafael, San Francisco de Asís, San Félix, San Mateo, las Santas Formas Incorruptas que hacen el eje del ábside, San Marcos, San Gregorio, San José y Santa Dorotea. Sobre el arco que da acceso al claustro, en un óculo, el escudo de Cisneros y, bajo él, los Santos Niños Justo y Pastor.

El primero de los santos citados, San Rafael, se debe al canónigo más antiguo y por deferencia del abad. Los demás santos se referencian con sus símbolos: San Francisco con el lobo de Gubbio; San Félix, con un cáliz en la mano, podría ser uno de varios de ese nombre, pero cabe pensar en el de Alcalá, como lo acreditaría el manto rojo de su martirio en la Córdoba de Abderramán II y Mohamed I; el cuarto espacio lo ocupa el evangelista Lucas. El eje de la girola lo ocupan, como se dijo, la reproducción de la custodia de las Santas Formas desaparecidas en la maldita Guerra Civil. El artista se ha volcado más en la luz que en el color. Continuamos con San Marcos; luego San Gregorio Nacianceno, aludido por la inspiración angélica que excluye al de Tours y a San Gregorio Magno. Tras él aparece San José, en vela permanente desde su desposorio con María y su paternidad putativa de Jesús. El último de los ventanales de la girola representa a Santa Dorotea, martirizada el 6 de febrero del 304. Lleva una veste de tonos amarillos jaldados y un manto de color naranja anteado.

Los Santos Niños se hallan sobre la puerta que da al Claustro. El de la izquierda del espectador lleva veste corta hasta la rodilla de vivo color rojo bordado en oro y el manto, también corto, de tonos violeta. El de nuestra derecha usa veste morada y manto marrón. Son jovencitos «a la romana», como suele representárseles en cientos de ocasiones.

La parte de la Capilla Mayor nos muestra tres vidrieras más: San Diego de Alcalá, en el lado izquierdo; la Asunción, en el lugar central del retablo y San Ildefonso, en el lateral derecho.

Este último es un trasunto de un obispo del Medievo, revestido de pontifical, sin ningún parentesco con el del Greco, por ejemplo, o alguno de los que se nos dan recibiendo el manto de manos de la Virgen.

Enfrente queda un San Diego, muy convincente y logrado en sobriedad y humildad, en aquel momento en que lleva comida a los pobres entre sus haldas franciscanas de tono marrón suave y más atinado que el del San Francisco de la segunda vidriera absidal.

En esta capilla, y en todo el templo, la vidriera mayor es la de la Asunción de Nuestra Señora, una Virgen al uso de los siglos XVI ó XVII, vestida de suaves tostados y manto azul cobalto, rodeada de nubes barrocas y sólo seis apóstoles.

Todos los vidrios que se utilizaron eran de fabricación belga, puesto que la calidad de los nuestros no era, a la sazón, la más indicada.

Cuando, desde 1967 en adelante, se restauró el resto del templo martirial, se restauró toda la vidriería. Mejor debo decir se fabricó y se colocó toda la restante. En esta ocasión nos encontramos con unas sencillas «vidrieras artísticas emplomadas a base de vidrio catedral de color blanco, formando simetría a rectángulos» que costaron 14.754 pesetas del año 1972, según factura de Vitrales Artísticos Adalberto López, de Madrid. Aprovecho para señalar que «vitral» es un barbarismo, un galicismo, frente al españolísimo «vidriera».

Quizá sea bueno contrastar con aquel proyecto de 1955 en que, en toda la restauración de la cabecera del templo, vidrieras incluidas, se presupuestaron 8 millones de pesetas.

Hoy, cuando la vidriera vuelve a tener todo el valor que se le dio en la Edad Media, desde el abad Suger, merece la pena detenerse en su contemplación y, si se puede, mejorar lo existente.

Francisco Javier García Gutiérrez»

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