Ninpharum Domus

Para una ninpha

Hay lugares que no tienen definición y quizás sea porque los hombres que los idearon volcaron en ellos algo más que el simple placer de darles vida. Los convirtieron en un símbolo y los símbolos no se suelen dejar definir. Al menos es así cuando alguien se empeña en explicarlos en sesudos tratados que intentan desnudar sus múltiples y escondidas verdades. En cambio, a veces ocurre que unas simples palabras pueden llegar mucho más lejos que cualquier voluminoso estudio.

Bajo la Cátedra del Paraninfo hay una escultura, firmada por Julio López  Hernández, que representa simbólicamente al Premio Cervantes. En una de sus caras, unas manos sujetan un libro abierto donde se aprecia el dibujo de una ciudad ideal. Encima, dos palabras en latín: “ninpharum  domus”, la casa de las ninfas; el lugar de la inspiración, del saber o del conocimiento. Y por tanto, el lugar de la más contradictoria de las armonías: la de la cultura.

Pero, ¿cómo llegar a esa armonía? Quién sabe si esta pregunta no se la hizo el alcalaíno Pedro Gumiel a la hora de trazar este capricho que tenía que mostrar en su arquitectura la más íntima personalidad del fundador de la universidad. El acierto de Gumiel fue saber interpretarla, dando como resultado la más impura de las bellezas: la de la mezcla. Y mezclando logró armonizar un complicado universo artístico. Que Cisneros fuera intransigente en su lucha contra el Islán no significó que, por otro lado, no sintiera una profunda admiración hacia las formas artísticas musulmanas que había conocido en Toledo y Andalucía. Amó tanto el arte de sus enemigos que hasta utilizó como báculo la que había sido vara real de los reyes nazaríes de Granada. En él todavía se puede leer: “y no es vencedor sino Alá”. Los edificios que promovió fueron el resultado de esa admiración y mezclaron los elementos islámicos con las formas decorativas y arquitectónicas europeas.  Un rasgo que refleja este carácter es la necesidad de que los edificios se llenen. Dentro del arte musulmán a esta circunstancia se la conoce como “horror vacui” o miedo al vacío. Los exteriores suelen adolecer de alardes decorativos o arquitectónicos, mientras que los interiores se pueblan de colores, de multitud de formas decorativas a base de mocárabes, estrellas y plantas, y todo ello se completa con objetos que acaban por llenar el espacio. El Paraninfo es un fiel reflejo de esta necesidad.

Un artesonado de madera al estilo musulmán o mudéjar cierra el espacio de la sala, jugando con las formas estrelladas de seis puntas, que se van enlazando y formando hexágonos. Dentro de este geométrico mundo, los entalladores y pintores supieron introducir delicadas formas doradas y bellísimas pinturas a la italiana, consiguiendo dar, gracias  a la constante utilización de los colores rojo, azul y dorado,  un espectacular y mestizo acabado a la parte alta del conjunto.

Expertos en el arte del yeso, herederos de la antigua tradición andaluza que tan bellos recuerdos nos dejó en Córdoba o Granada, tejieron con un cuchillo la delicada decoración de la tribuna alta. Un trabajo duro, donde, también mezclando, supieron unir el saber hacer de los antepasados musulmanes con las formas renacentistas europeas venidas de Italia. El resultado fue uno de los más exquisitos conjuntos decorados a base de grutescos o candelieris de España. Más tarde, en el siglo XVIII, los estudiosos del arte vieron semejanzas entre esta decoración y el trabajo de los plateros, por lo que se empezó a conocer como arte plateresco.

Y entalladores, yeseros y pintores volvieron a mezclar sus “artes” para dar forma al lugar donde convergían todos los sueños, esperanzas y hasta miedos: la Cátedra o tribuna de oradores.  Rojos, azules y dorados entretejen las delicadas formas platerescas, que van creciendo y llenando el arco central y los huecos adintelados laterales. Y sobre el centro, una venera que se alza a modo de simbólico testigo del nacimiento de una diosa llamada sabiduría.

La mezcla continúa en un suelo formado por azulejos a cuerda seca, que siguen  la manera morisca de lazo, mezclando los colores verde, blanco, azul y anaranjado. Obra recreada sobre el original, que desapareció el siglo pasado cuando, tras la compra del edificio por un industrial llamado Javier de Quinto, la sala llegó a tener el uso de almacén y granero. Además, el suelo es testigo de la decoración de azulejos  que también tuvo el zócalo, hoy de madera, que rodea la parte baja o grada, cerrada con una balaustrada que en su tiempo fue de yeso dorado.

Mezclas y más mezclas que nos introducen en el esencial sentido que aquellos hombres del naciente renacimiento español quisieron dar a su particular paraíso. Lo llamaron Teatro Escolástico por ser el lugar de representación del complejo ritual académico: ceremonia de iniciación del curso, lecciones magistrales, entrega de premios, defensas de tesis doctorales. Pero se acabó llamando Paraninfo, debido a un curioso personaje que los educadores de Alcalá de Henares tuvieron la ocurrencia de introducir en el esquema de la vida universitaria. En la antigua Grecia, el “paraninpho” (“para” significa “junto a” y “ninphe”, entre otras cosas, novia) era un mensajero que se dirigía a casa del novio llevando un mensaje de la novia, siendo tomado como un “portador de buenas noticias”. Esta figura fue recreada en el esquema universitario alcalaíno como un mensajero, vestido con un traje de varios colores, que enviaba el Cancelario de la Universidad al Teatro Escolástico para proclamar a los estudiantes ya examinados el día en que serían licenciados los que estaban aprobados. La llegada a la sala de este curioso personaje era precedida por música, y una vez allí se dirigía a los alumnos en un discurso que luego era respondido por los estudiantes. La fama de este “portador de la buena noticia” de la licenciatura fue tanta que acabó por dar nombre a la sala.

Hoy el Paraninfo, restaurado entre los años 1991 y 1993, se ha convertido en el más bello reflejo de su propio pasado. Ha recuperado el ser un lugar de símbolos y cada año así lo atestiguan ceremonias de clausura de actos académicos y de protocolo, imposición de grados o entrega de premios. Y como no podía ser de otra manera, el galardón más importante a los escritores en lengua castellana se entrega en esta sala, centro de una Universidad que se distinguió por su especial dedicación a  normalizar y difundir nuestro idioma. El Premio Miguel de Cervantes es entregado el día 23 de abril, haciendo que toda esta “ciudad del saber” que fue Alcalá de Henares vuelva a ser protagonista de un gran hecho cultural.

Rodeando las paredes de la sala, los nombres escritos de antiguos estudiantes y profesores parecen vigilar para que todo transcurra con la necesaria normalidad. Todos aquellos que siempre han formado parte del Paraninfo, maestros y estudiantes, examinados y examinadores, se preparan  para el comienzo de la gran función que los convertirá en portadores de antiguos y nuevos saberes. Discuten, argumentan, dialogan o rebaten entre sí.  Los de ayer y los de hoy, todos, forman parte de los símbolos, y hasta puede que el Paraninfo, en el fondo, no sea más que un símbolo lleno de ninfas que andan jugando de un lado a otro tratando de iniciarnos en el ejercicio de la mejor de las libertades: la que nos proporciona la cultura.

Enrique M. Pérez

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