Los siglos XVIII y XIX en Alcalá de Henares

Los siglos XVIII y XIX en Alcalá de Henares fueron tiempos difíciles, de cambios, de la complicada adaptación de un modelo de sociedad que había sido magnífico, pero que se encontraba en una cada vez mayor decadencia.

El siglo XVIII. La Ilustración

Tras la muerte de Carlos II sin descendientes, se inicia una guerra de sucesión entre Felipe de Anjou y el archiduque Carlos de Austria. Alcalá y su Universidad tomaron partido por la causa del rey Felipe V (1700-1746) al que aclamaron durante sus estancias en nuestra ciudad. Durante su reinado, se escribe la Historia de la ciudad de Compluto, vulgarmente Alcalá de Santiuste y aora de Henares, a cargo de Miguel de la Portilla, que fue Canónigo de la Magistral y Catedrático de Griego. Su libro intenta describir, teniendo como base documentos y crónicas, la historia de nuestra ciudad.

La ciudad del S. XVIII vive una gran decadencia. El pilar de su economía, la Universidad, sufre una grave crisis. La España de este siglo vislumbra una sociedad industrializada y sus necesidades de formación cultural son más de carácter burgués. Por contra, la Universidad se muestra anclada en el pasado de los estudios escolásticos, siendo dominada por una aristocracia de colegiales. Las órdenes religiosas intentaron crear cátedras en sus colegios para no tener que asistir a las aulas del Mayor de San Ildefonso, considerando sus enseñanzas muy empobrecidas y temiendo el peligro de que se maleasen sus colegiales. En varias ocasiones, el Colegio Mayor  recurrió al Consejo de Castilla pidiendo la asistencia de los frailes a las aulas. Los dominicos y los jesuitas se impartían a sí mismos sus propios dogmas ya que poseían cátedras. Los franciscanos consiguieron dos en el año 1737. Otras órdenes, como los carmelitas y agustinos, tenían que asistir a las aulas de la Universidad ya que era obligación señalada en las fundaciones de sus colegios aunque sólo se consiguió cuando hubo grandes presiones.

La Teología, enseñanza que destacó en la Universidad, sufre una paulatina decadencia. La sociedad del S. XVIII encuentra más útiles los estudios de Jurisprudencia. Los en otro tiempo prestigiosos estudios de Medicina están a cargo de catedráticos con muy bajos salarios y las materias que imparten son excesivamente teóricas, situación que provocó que los más cualificados huyeran de este ambiente. Además, se funda en Madrid el colegio de Medicina de San Carlos, institución mucho más acorde con los nuevos tiempos.

En resumen, nos encontramos con una Universidad estancada en su glorioso pasado, enfocada hacia la Teología, que se ve seriamente desprestigiada por la educación privada y que teme a las nuevas enseñanzas de la época: la Física Experimental, la Botánica y las Matemáticas.

El rey Carlos III (1759-1788) no podía permanecer impasible ante esta universidad decadente, realizando una reforma entre los años 1771 y 1777. El problema no fue exclusivo de los estudios complutenses ya que los colegios mayores de Salamanca y Valladolid corrieron similar suerte. Lo que se pretendía era unificar las universidades. La reforma fue más espectacular en Alcalá debido a que las Constituciones que dio Cisneros en 1510 la hacían peculiar. Lo más destacado de la reforma fue la separación entre Colegio Mayor de San Ildefonso y Universidad; esta última pasó al Colegio de Jesuitas, Orden que había sido expulsada en 1767. La oposición a estos cambios fue alta entre la oligarquía de estudiantes, lo que hizo que fueran reemplazados por nuevos alumnos los colegiales de San Ildefonso, de Santa Catalina Mártir y del Málaga, colegios,  junto al del Rey, a los que se fusionaron aquellos de rentas  más bajas. Además, en 1779, todos los colegios menores fundados por Cisneros se refundan en el de la Purísima Concepción, que tuvo su sede en el antiguo de Teólogos de la Madre de Dios. La valoración de la reforma carolina por los cronistas del S. XIX es muy negativa aunque lo cierto es que fue una empresa necesaria que quizá no dio los frutos deseados.

En este ambiente, el 6 de junio de 1785 se inviste doctora en Filosofía y Letras Humanas a María Isidra Quintina de Guzmán y de la Cerda, hija de los Condes de Oñate, que se convierte en la primera mujer que alcanza este título universitario en España y por lo que fue conocida como la Doctora de Alcalá. La imposición de la borla probablemente se realizaría en la iglesia de los jesuitas, lugar que ocupaba en esos momentos la Real Universidad y Estudio General. Al acto acudieron  multitud de representaciones, haciéndose una gran fiesta en honor a la efemérides.

Seis años después, concretamente el 7 de junio de 1791, se nombra Doctora en Teología a la Virgen del Val, patrona de la ciudad, que también posee el título de alcaldesa perpetua. El siglo va a finalizar con otra fiesta. En noviembre de 1799, fue nombrado Ministro de Gracia y Justicia Gaspar Melchor de Jovellanos, excolegial de Alcalá de Henares. La Universidad y el Colegio Mayor de San Ildefonso realizaron grandes festejos en su honor.

Durante este siglo no se efectuaron grandes obras arquitectónicas en la ciudad. Podemos mencionar la neoclásica Puerta de Madrid, hermana pequeña de la madrileña de Alcalá, y también la bella escalera palaciega que Ventura Rodríguez traza para la nueva universidad en el antiguo colegio de la Compañía. Es a este mismo arquitecto, de refinado gusto, al que Carlos III encarga el proyecto de una nueva edificación universitaria que, según los planos conservados, hubiera sido una impresionante construcción de bella factura neoclásica. En parte nos podemos alegrar de que la construcción no se realizara porque se hubiese perdido la capilla mudéjar de San Ildefonso. Tras su demolición, estaba previsto construir una gigantesca iglesia con fachada a la plaza de Cervantes. Si los planos se hubiesen llevado a cabo sin demoler edificios históricos, la obra se hubiese convertido en una rica aportación al patrimonio complutense.

Los siglos XVIII y XIX en Alcalá de Henares

El siglo de los ilustrados termina sin que sus ansias de reforma impulsen hacia buen rumbo la Universidad, llegando a tener, a finales de siglo, tan sólo unos 500 estudiantes. De aquellos cuarenta colegios que se habían fundado alrededor del de San Ildefonso sólo quedaron el del Rey, el de Málaga, el de la Purísima Concepción  (Madre de Dios), el de los Manriques, el de Santa Catalina Mártir y el propio de San Ildefonso, girando en torno a la nueva Universidad que, como decíamos, había sido trasladada al antiguo colegio de los jesuitas. Este edificio se manda reformar a Ventura Rodríguez y albergará durante poco tiempo a esta institución debido a que Carlos IV (1788-1808) decide instalar en él, en 1797, un regimiento de Infantería, volviendo la Universidad al colegio cisneriano. En estos años, también empiezan a ser abandonados los antiguos colegios-convento y, con la aparición de los militares, se vislumbra la transformación de la ciudad universitaria en una ciudad guarnición.

El Siglo XIX

El siglo da comienzo con el reinado de Carlos IV (1788-1808). El ambiente que se vive en el país oscila entre el afrancesamiento de la élite intelectual y el apego a las tradiciones del pueblo llano, el mismo que gritaría, tras el regreso del rey Fernando VII, aquello de «vivan las cadenas».

En este principio de siglo, Alcalá es una ciudad en decadencia. La gran fuerza de atracción de Madrid hace que la antigua Complutum se convierta casi en una ciudad al servicio de la capital. Por ejemplo, la agricultura sufre grandes cambios, arrancándose las vides y los olivos y sustituyendo estos cultivos por el cereal. La razón está en una ley que obligaba a realizar este tipo de cultivo a partir de diez leguas alrededor de Madrid, con el único motivo de abastecer a su cada vez mayor población.

La Guerra de Independencia contra Francia va a dejar honda huella tanto en el patrimonio de la ciudad como en sus habitantes. El mejor testimonio de este período lo tenemos en una obra atribuida al alcalaíno Juan Domingo Palomar, que se empezó a escribir en 1809 con el título de Diario de un Patriota Complutense en la Guerra de la Independencia. En ella se describe el gran padecimiento de la población y el grave expolio sufrido en el patrimonio artístico como, por ejemplo, cuando los franceses se llevan la plata de la Magistral y la de Santa María, quemando incluso los retablos y las imágenes de iglesias y conventos para conseguir el oro de los sobredorados. En 1810, José Bonaparte viene a Alcalá, visitando la Magistral y regalando, como queriendo compensar los atropellos de sus compatriotas, un anillo de oro y brillantes que es colocado en la custodia de las Santas Formas.

Posiblemente, el hecho bélico más importante ocurrido en Alcalá durante la guerra fue la «Batalla del Zulema». En ella las tropas de  El  Empecinado, gran héroe popular en la lucha contra el invasor, se enfrentan a las francesas el 22 de mayo de 1813. Se produjo un número reducido de víctimas (tres muertos por cada bando), lo que hizo que el choque bélico no pasara de ser una simple escaramuza a orillas del Henares cuando ya quedaba poco para el final de la contienda. El 27 de mayo de 1813, Alcalá se ve libre definitivamente de las tropas napoleónicas.

También en este período va a cambiar la tradicional situación jurídica de la ciudad. En 1811, en plena guerra, las Cortes de Cádiz deciden abolir los señoríos jurisdiccionales por lo que los arzobispos de Toledo dejan de ser en ese momento señores de Alcalá. Esta ley aparecerá ratificada en la famosa Constitución de 1812 y significará para Alcalá la pérdida de la vinculación histórica con la mitra toledana que se inició en 1129.

Por otro lado, la crisis universitaria es clara en toda España pero, sobre todo, en Alcalá. Los alumnos no llegan a 500 y la descomposición de las estructuras universitarias y su degeneración son patentes. Todo esto lleva a que, ya desde 1814, se den los primeros intentos de traslado a Madrid de la Universidad. En 1816, el rey Fernando VII (1808-1833) visita la ciudad entre grandes muestras de cariño y asiste a uno de los actos más grotescos que pudieran pensarse en una universidad. Un año antes, en 1815, el Claustro toma la ridícula decisión de nombrar Protector al infante don Antonio Pascual, hermano de Carlos IV, “tonto de remate” y el primero que protagonizó la célebre frase de «hacer el primo». Además, se le nombró Doctor en todas las carreras. En 1816, con la presencia de su sobrino, el rey Fernando VII, se realizó la investidura en su estrafalario título, presidiendo el Claustro vestido de tal guisa que parecía un auténtico mamarracho lleno de colorines. El rey, al verle, no pudo reprimir la risa y exclamó en voz alta «mi tío el Doctor» y «¡Qué baile!, ¡Qué baile!», frase que hizo fortuna y que permaneció para referirse a tipos de características similares a las del Infante. También se realizaron grandes alabanzas al indeseable Fernando VII e, incluso, se le llegó a llamar hijo benemérito de las letras. Como se puede observar, toda la vida universitaria era ya un gran sinsentido, al menos a nivel institucional.

En 1820, grandes fiestas celebran en Alcalá la llegada al poder de los liberales y la proclamación de la Constitución de 1812 aunque precisamente va a ser un gobierno liberal el que va a dar el primer golpe de gracia a la Universidad. En 1822, se firma un Reglamento de Instrucción Pública que traslada a Madrid la Universidad. Un año después volverá a Alcalá aunque ya completamente transformada. A partir de este momento, se van a suceder diversos intentos de reforma, como el Plan Calomarde de 1824 o las medidas tomadas por el gobierno de Mendizábal, en 1835, que envió a Salustiano Olózaga para controlar el mal estado de la Universidad y, de paso, reprimir a los grupos contrarios al ejecutivo. Los estudiantes, descontentos, promueven revueltas, provocando que Olózaga se aproveche y reforme de un plumazo toda la plantilla universitaria, sustituyéndola por personas afines al gobierno. Este hecho se conoció con el nombre de «la Inocentada» y significó la sentencia de muerte definitiva de lo que fue la Universidad Complutense. El 29 de octubre de 1836, a propuesta del ministro Calatrava, la reina Isabel II (1833-1879) firma la Real Orden de traslado a Madrid con el nombre de Universidad Central. Con este traslado se cerraba una de las etapas más gloriosas de la cultura española y se abría un largo proceso de cambios en la ciudad.

En ese mismo año de 1836, salen a la luz las famosas leyes desamortizadoras de Mendizábal que enajenaban los bienes de la Iglesia. En Alcalá, estas leyes tuvieron un importante efecto. Fueron desamortizados todos los conventos de varones, el conjunto de la Universidad y el Palacio Arzobispal entre otras propiedades, aunque este último retornó a manos de la Iglesia tras el Concordato firmado en 1851.

Alcalá, al contrario de lo ocurrido en otras ciudades, tuvo relativa suerte ya que conservó la mayoría de los edificios de los conventos y colegios desamortizados. Entre los que se demolieron (hacia 1845) estaban el Convento de San Diego y el Colegio de San Bernardo. En su lugar se construyeron los cuarteles del Príncipe y Lepanto. Otros pasaron a tener diversos usos, casi todos de carácter militar, penitenciario, institucional o particular. Veamos algunos ejemplos: el Convento de Agonizantes se acondicionó como Ayuntamiento; el de San Agustín fue vendido a particulares; el de los Jesuitas, Caracciolos, Trinitarios y un largo etcétera pasó a manos militares. El fruto de esta transformación va a ser que una nueva sociedad se instala en Alcalá gracias a las nuevas familias que llegan para posesionarse de sus adquisiciones y que pronto se van a convertir en la nueva élite de la ciudad. También este cambio social se refleja en el nuevo carácter castrense que toma Alcalá, pasando de ser una ciudad de clérigos y estudiantes a serlo de militares.

 

Quizá, el hecho más glorioso para Alcalá en este S. XIX fue el protagonizado por la reacción de los alcalaínos salvando los edificios de la antigua Universidad Complutense. 50.000 reales fue lo que pagó, en 1845, Joaquín Alcober por gran parte del conjunto universitario. En 1846, cede sus derechos a Joaquín Cortés a cambio de 70.000 reales, con la obligación, por parte del gobierno, de conservar aquellos elementos de más valor artístico aunque estos, según los interesados, debían ser pocos ya que el tal Cortés quiso transformar los edificios en un criadero de gusanos de seda. Pero Cortés no era más que un testaferro y pronto apareció el auténtico promotor de tanto desatino, Javier de Quinto, que, tras pagar al anterior 30.000 reales, se convierte en el único propietario. Desmonta las campanas de la iglesia, la balaustrada del Trilingüe y el Arco de la Universidad. Todo esto provocó la indignación del pueblo de Alcalá que, reunido el 28 de octubre de 1850 en el Palacio Arzobispal, decide crear una comisión que compre a Javier de Quinto los edificios de la Universidad. Se pusieron a la venta acciones o láminas de cien reales con la condición de que nadie pudiera comprar más de diez. Así se consiguieron los 80.000 reales que se pagaron, según escritura del 12 de enero de 1851, y que dieron origen a una de las instituciones alcalaínas más importantes: la Sociedad de Condueños de los Edificios que fueron Universidad. Gentes de todas las clases sociales (desde excatedráticos hasta albañiles y carpinteros) participaron en este ejemplar hecho y se propusieron mantener los edificios, conservar sus valores artísticos y conseguir que tuvieran un uso docente. En ellos, pronto se instaló una Academia de Caballería y, entre 1865 y 1931, un Colegio de Escolapios, aunque el mejor premio para los Condueños ha sido ver como, en 1977, tras un obligado y largo sueño, la Universidad de la antigua Complutum volvió a su lugar de origen.

El final de siglo en Alcalá va a estar representado por una sociedad provinciana y casi eclipsada por la capital. Según Esteban Azaña (padre de Manuel Azaña y autor de la monumental Historia de la ciudad de Alcalá de Henares publicada en 1882) la vida económica de la ciudad era muy inactiva y anticuada. Los militares siguen formando parte esencial de la sociedad y contribuyen a la estabilidad económica de la ciudad. Existe un cierto renacimiento de la vida cultural y se fundan sociedades como el Círculo de Contribuyentes. En 1888 se construye el Teatro Grande ( Salón Cervantes). El 24 de febrero de 1859 llega el ferrocarril a Alcalá y en 1879 se inauguran los monumentos a El Empecinado y a Cervantes. El historiador, arquitecto, pintor y coleccionista de obras de arte Manuel Laredo restaura, entre otras cosas, el Palacio Arzobispal, que estaba alquilado desde 1858 como sede del Archivo General del Reino. Además, Laredo se construye en el Paseo de la Estación, entre 1880 y 1884, el  magnífico palacete neomudéjar que lleva su nombre.

Los siglos XVIII y XIX en Alcalá de Henares

La política nacional tuvo el eco que correspondía a una sociedad como la alcalaína, luchando entre sí, aunque a muy poca escala, liberales y conservadores, carlistas e isabelinos o liberales-conservadores y radicales. Parece que la llegada de la Primera República no cayó muy bien en Alcalá de Henares y hubo algunos enfrentamientos que costaron vidas. Para finalizar, no debemos dejar de señalar que, en 1880, en este ambiente de un siglo entre heroico y lánguido, lleno de luchas políticas y provinciano, nace el que llegaría a ser un gran intelectual y presidente de la Segunda República: Manuel Azaña

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