La Mancebía

Esta claro que una gran ciudad universitaria como Alcalá de Henares no podía estar ajena a la realidad social que significaba y representaba la prostitución. Es fácil imaginar aquella diversa y compleja sociedad y su tolerancia hacia una realidad permitida y aceptada a pesar de la moralidad, la religión y las apariencias.

En Alcalá de Henares hubo al menos dos mancebías. Una la vieja, situada en torno a la calle de las Damas, que llegaba hasta la puerta del Vado, donde, ya extramuros, se situaba la mancebía nueva. Zonas que seguro se complementaban con numerosos prostíbulos y lugares cercanos a los colegios nacidos del importante crecimiento universitario de los siglos XVI y XVII.

Las prostitutas eran populares, conocidas y aceptadas.  El lenguaje de los pícaros, aquella habla de germanía popular, cruel y directa, las nombraba como rameras, gusarapas, izas (guapas), rabizas (feas), tributarias (por lo que tenían que pagar al chulo o rufián que las explotaba), abadejos, tomajonas o mulas de calco. El físico la edad, la experiencia, la categoría…, todo valía para señalar a aquellas mujeres: olla, cobertera, moza de fregar, apretada, ganga, mundana, primera, tronga, piltraca, pobreta, marca…

La prostitución era en muchos casos la única salida económica a la que podía optar una mujer. Lo importante era pagar el alquiler o la comida de ella y de los suyos. Incluso se daban casos de mujeres que alternaban profesiones honradas con la prostitución para de esta manera poder hacer frente a las necesidades personales y familiares. También había mujeres que trabajaban de manera organizada en burdeles bajo el control de una antigua prostituta o alcahueta o de un rufián, que empleaba todo tipo de recursos (violencia, amenazas…) para mantener su poder sobre ellas. Por otro lado, las busconas se ofrecían en plena calle a los clientes, a quienes acababan acompañando a sus casas.

Mientras tanto, la moral de la época miraba para otro lado, pregonaba a los cuatro vientos la necesaria virtud femenina, el necesario vínculo entre la pureza de pensamiento y obra de la mujer y el honor del hombre, pero toleraba lo que la naturaleza dictaba, ya que los hombres, por su condición humana, tenían unas necesidades de las que carecía la mujer. Un machismo social aceptado y endogámico que proporcionaba la excusa perfecta ante una situación absolutamente injusta e inmoral.

Juego, engaño, falsedades, apariencias, todo se mezclaba en el mundo de la prostitución  de la misma manera que lo hacía en la vida diaria. En realidad, el Siglo de Oro llegó a ser en parte sólo un espejismo deformado y deformante, la representación con aires teatrales de una sociedad fingida donde la realidad y el sentido común quedaban como el aburrido soniquete que era mejor no escuchar.

Pero había que buscar soluciones, y éstas pasaban por regular de alguna manera lo que se aceptaba como inevitable. Además, la prostitución creaba muchos problemas sociales: desórdenes, altercados, violencia, juego ilegal, asesinatos o enfermedades como el «mal francés» (sífilis), convertido en una auténtica epidemia en los siglos XVI y XVII. Se legisló para controlar, y se crearon incluso curiosas maneras de señalar a aquellas mujeres con símbolos como los picos de color pardo o rojizo de sus vestidos.

Para aliviar la culpa de lo que no se podía evitar, nació la práctica de fundar instituciones, colegios o casas de recogidas que intentaban enderezar bajo el manto de la religión la vida de aquellas mujeres y de sus hijas. Y no es que fuera una actitud cínica por parte de los promotores de estas instituciones. Muy al contrario, al menos ellos eran conscientes de la necesidad de buscar algún remedio. En Alcalá de Henares contamos con casos muy interesantes como la fundación cisneriana del Colegio de Santa Isabel o la casa dependiente del convento de agustinas de Santa María Magdalena.

Enrique M. Pérez

 

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