Manolo Revilla, un pintor de Alcalá de Henares

Una de las cosas que me llaman la atención de la biografía de Manolo Revilla es que se casara en la iglesia de San Sebastián de Madrid, y lo digo por lo mucho que me gusta la capital y por la sensación que me trasmite de compatibilidad con la sensación de sentirme muy alcalaino. Una iglesia profundamente madrileña, vinculada a la literatura y a la inteligencia, escenario de bodas como las de Gustavo Adolfo Bécquer, Mariano José de Larra, Julián Romea, Práxedes Mateo Sagasta, Pastora Imperio y, por supuesto, Manolo Revilla. Allí se casó en 1954 con Rosa Bel, y tuvieron tres hijos, Pilar, Manuel y Patricia.

Tengo la sensación de que Manolo Revilla fue un pintor tranquilo, alejado de estridencias y volcado en la autodidacta búsqueda de nuevos caminos que le permitieran expresar y transmitir sus sentimientos y emociones. Era alcalaino, y no sé si sabrán, pero esa circunstancia marca y mucho, sobre todo a la hora de sentirte orgulloso de tu origen. Y para más orgullo, nació en la calle Libreros, una de las principales vías de la ciudad universitaria que creó Cisneros, en el número 13, un 14 de febrero de 1921.

Estudió en su ciudad y destacó en el dibujo, hasta el punto de conseguir nada menos que una matricula de honor en esta asignatura. Y como la gustaba la pintura, llegó a ser alumno de Luis Adolfo Sanz en una institución que sigue comprometida con el arte y la educación: la Mutual Complutense. Luego llegó la Guerra Civil, el traslado de la familia a Valencia y, tras la contienda, las estudios de Ciencias Químicas en Zaragoza.

Su padre, Alfonso Revilla, poseía un almacén de coloniales en la calle de Santiago de Alcalá de Henares, y me lo imagino como aquel que también tuvo mi abuelo en un pueblo de Soria, tan lleno de olores, colores, objetos de todo tipo y mezclas que de pequeño se me antojaba como una especie de cueva del tesoro.

Y allí volvió Manolo, a trabajar como representante comercial del almacén y a hacerse cargo del negocio tras la muerte de su padre en 1950, todo ello sin olvidar su gran vocación artística. En 1972, decidió dejar su actividad comercial y dedicarse totalmente a la pintura.

Pintaba en su casa, donde habilitó su estudio de pintura, primero en la calle Carmen Calzado y luego en la calle Navarro y Ledesma. En 1958, en el Círculo de Contribuyentes, participó en su primera exposición colectiva. Su obra ilustró libros, revistas, carteles y almanaques. En 1982 presentó en la Estación de Chamartín su última exposición individual Murió en 1983 en su casa de la calle Navarro y Ledesma a los 62 años.

Desde mi punto de vista es un pintor a reivindicar, un claro ejemplo de sinceridad artística y de vocación, aportando riqueza y bellos matices a la pintura. Fue un buen dibujante, acuarelista y pintor al óleo. En el dibujo, comenzó experimentando la abstracción, pasó luego a la necesidad de la geometría, para acabar dirigiendo sus pasos a lo figurativo. Su pintura se movió entre los matices expresionistas y un impresionismo muy personal, donde predominan colores como el ocre,azul, blanco o gris.

Un pintor que también encontró en su ciudad el perfecto modelo a la hora de expresar su manera de entender la pintura. Una ciudad a la que retrató de una manera muy personal a través de transparentes colores, suaves trazos, figuras y rasgos con los que reflejó su admiración y su orgullo ante la belleza que le rodeaba.

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