Alcalá de Henares en una obra de Arturo Uslar Pietri

Alcalá de Henares en una obra de Arturo Uslar Pietri

Arturo Uslar Pietri (Caracas 1906-2001), uno de los más grandes intelectuales y políticos venezolanos del siglo XX (premio Príncipe de Asturias de las letras en 1990), también recordó a Alcalá de Henares en una de sus obras de temática histórica. En «La visita del tiempo» (1990) habla de la vida de uno de los personajes históricos más importantes del siglo XVI: Juan de Austria.

En los capítulos cuarto y quinto, parte de la acción se desarrolla en nuestra ciudad durante la etapa en la que Juan de Austria, Alejandro Farnesio y el príncipe Carlos estuvieron estudiando en la Universidad. Aquí les dejo una pequeña muestra de cómo describe Uslar Pietri el paso de los tres jóvenes de la casa real por Alcalá de Henares. Estamos en el año 1561 y…

«Había que irse a Alcalá de Henares. El príncipe se había marchado pocos días antes. Farnesio y él irían a acompañarlo para realizar estudios y disfrutar del clima sano.

Don juan fue a vivir con don Carlos en el cerrado y cavernoso palacio que había construido el cardenal Cisneros. Piedra gris labrada, rejas de hierro retorcido, claustros, patios, altas salas, corredores, pasadizos, escaleras y alcobas oscuras. Alejandro Farnesio tuvo otro alojamiento.

Honorato Juan, fraile y maestro de filosofía, iba a dirigirlos en los estudios. Fue grande el séquito; cada quien con su casa y servicio. Don García de Toledo y Luis Quijada llevaban la autoridad y representación del rey. En días sucesivos vinieron el rector, los maestrescuelas, los profesores con sus altos cuellos y sus boinas de raso, las autoridades locales, los vecinos notables y la chusma curiosa de estudiantes, capigorrones, medio pícaros y medio ascetas, que llenaban las aulas y formaban grescas en las calles.

Se había despedido de los Éboli con efusión. «Yo no sé sino decir tú», le había dicho la princesa, «a veces hasta al rey». «Serás Juan, tú.» Azorado, le respondió apenas: «¿y yo?» «tonto, tú también», para añadir incitante y cambiante: «depende de las horas y las circunstancias».

Con la princesa había entrado al mundo de las mujeres, con su fácil manera de tratar a los hombres, de jugar con ellos, para atraerlos o repelerlos, en un juego de animal de presa. Provocativa, desdeñosa, con aquel ojo oculto, se aniñaba a ratos en los juegos y chácharas con las jóvenes de su casa. algunas muy bellas, como aquella sobrina Maria de Mendoza, que tanto se le parecía en mejor. Con su ojo izquierdo desnudo y viviente como un pez de oro. Donde estaba ella era a ella a quien había que ver. No había lugar para otra cosa. El príncipe de Éboli, Antonio Pérez, los amigos y servidores cercanos no giraban sino alrededor de ella. «No te me vas a escapar, juan; no lo olvides.»

No la olvidaba. ahora en Alcalá pensaba más en ella y volvía a su invisible presencia más que cuando estaba en su casa de Madrid. En los sueños fiebrosos de la adolescencia era con ella con quien se encontraba en un lecho imposible. Siempre se interrumpía aquel sueño cuando intentaba levantarle el oscuro parche. «No, eso no.» Era el despertar.

Todo estaba regulado minuciosamente en Alcalá. apenas levantados venía a unírseles Farnesio. La oración, la misa, el desayuno y, luego, el desfile de los maestros. Latín, filosofía, historia, composición. La imaginación se ausentaba del gangoso parlamento.

«¿Me siguen vuestras altezas?» Regresaban al tema a trechos. Después venían la comida, los paseos, las visitas y, en todo momento, las intimas confidencias y las esperanzas.

No era fácil la relación con don Carlos; cambiaba de tono y actitud continuamente, se le prensaba aquella vena en la frente, palidecía y apretaba los labios. Parecía un animal salvaje al acecho. Amenazaba, estallaba en gritos o entraba en un monólogo deshilvanado en el que anunciaba cosas absurdas que se proponía hacer.

«Yo seré rey, ¿pero cuándo? El rey mi padre era gobernador de Flandes y duque de Milán; a mí no se me ha dado nada. Tú, Alejandro, serás duque de Parma y comandante de ejércitos; y tú, Juan…» se quedaba en suspenso. «Lo que tienes que ser, hombre de iglesia, cardenal seguramente. Era lo que quería el emperador y lo que te corresponde.» Don Juan replicaba con firmeza: «no lo seré. no tengo ninguna vocación para eso. lo que voy a ser es un guerrero; eso y no otra cosa».

Se hablaba también de mujeres. las pocas que veían en Alcalá o las que habían conocido en Madrid. Don Carlos cortaba seco: «hay que llegar puro al matrimonio». Don Juan y Farnesio reían. «ya hay propuestas de varios matrimonios para mí.» El príncipe enumeraba algunas de las candidatas. Lo hacia con arrogancia. Una princesa francesa, hermana de la reina, su madrastra. «He visto su retrato.» Describía golosamente a la princesa que los otros rehacían en su imaginación. También había la reina María Estuardo, la escocesa, viuda reciente del rey de Francia. «Tiene fama de bella, pero es mayor que vuestra alteza.» «Eso es nada. ¿Sabéis con quién también se piensa casarme? Nada menos que con mi tía, la princesa doña Juana.» La princesa Juana era su tía y podía ser su madre. Farnesio visualizaba aquel enlance, aquella escena de lecho inaudita, el desmedrado príncipe en los brazos robustos de su tía, que le doblaba en años. Había también otras, pero de hablar de ellas se desviaban a las picardías oídas de mujeres de la corte y de la ciudad. De las mujeres y las hijas de criados, de las entrevistas en calles y ceremonias. No faltaba el celestino. Había también las casas de putas de Alcalá que frecuentaban los estudiantes, pero sería un escándalo que alguno de ellos se atreviera a entrar en ellas.

Las horas más gratas eran las de salir al campo, de montar a caballo, de hacer ejercicios de armas. Allí don Carlos se rezagaba resentido. Hacía mofa de la destreza de los otros. Las más aburridas eran las horas de clases. Entraba el maestro muy solemne, acompañado de Honorato Juan. Reverencias, saludos, una antífona en latín, un rezo. Un día les trajeron un ejemplar de las obras de ciencia de Alfonso el sabio. Preciosos pliegos espesos cubiertos de fina caligrafía y de imágenes de colores en las que aparecían personajes con raras vestimentas que miraban al cielo a través de largos anteojos. «¿Todo esto lo escribió el rey?», preguntaba don Carlos. El maestro sonreía y trataba de explicar: «no, señor, no él mismo. Pero ordenaba que se hicieran esos estudios; llamaba a los sabios que debían hacerlos y les daba su aprobación final». Don carlos aprovechaba la oportunidad para desviar la conversación de los libros inertes sobre la mesa. «También fue emperador.» «Otro día os hablaré de eso», decía evasivamente el maestro y trataba de volver a los libros»….

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