Hace unos días, en un parque cercano al río Henares, me entretuve leyendo un pequeño libro de poesías de Walt Whitman. Me lo llevé al parque después de haber visto, creo que por tercera o cuarte vez, “El club de los poetas muertos”, y tengo que reconocer que me dejé llevar por el quizá ingenuo sentimiento de nostalgia, idealismo y lucha limpia y completamente legítima que transmite la película. El caso es que gran parte de la culpa de este sentimiento la tuvo esta maravilla:

 

¡Oh, Capitán! ¡Mi Capitán! Terminó nuestro espantoso viaje,

El navío ha salvado todos los escollos, hemos ganado el premio codiciado,

Ya llegamos a puerto, ya oigo las campanas, ya el pueblo acude gozoso,

Los ojos siguen la firme quilla del navío resuelto y audaz;

Más, ¡Oh, corazón, corazón, corazón!

¡Oh, las rojas gotas sangrantes!

Ved, mi Capitán en la cubierta

Yace frió y muerto.

¡Oh, Capitán! ¡Mi Capitán! Levántate y escucha las campanas;

Levántate, para ti flamea la bandera, para ti suena el clarín,

Para ti los ramilletes y guirnaldas engalanadas, para ti la multitud se agolpa en la playa,

A ti te llama la masa móvil del pueblo, a ti vuelve sus rostros anhelantes;

¡Ea, Capitán! ¡Padre querido!

¡Que tu cabeza descanse en mi brazo!

Esto es un sueño: en la cubierta

Yace frío y muerto.

Mi Capitán no responde, sus labios están pálidos e inmóviles,

Mi padre no siente mi brazo, no tiene pulso, ni voluntad,

El navío ha anclado sano y salvo; su viaje, acabado y concluido,

Del horrible viaje el navío victorioso llega con su trofeo;

¡Exultad, oh, playas, y sonad, oh, campanas!

Mas yo con pasos fúnebres, recorro la cubierta donde mi Capitán

Yace frío y muerto”.

 

Quizá esta poesía esté aquí, además, porque es casi invierno, y por tanto tiempo de releer “La Isla del Tesoro” de Stevenson o “El Camino” de Delibes. Un tiempo de imaginación, de recuerdos, pero también de dar comienzo a formas nuevas y cálidas de sentir la vida. Estás en la calle, recién salido del colegio, y de pronto te lanzas a recobrar la libertad, a correr por el parque y a caerte haciéndote una tremenda herida en la rodilla. Sentado en ese banco, frente a edificios modernos, lo que me venía a la cabeza era esa imagen de la infancia.

Una imagen que me pertenece; la imagen de una ciudad histórica que no es sólo la que han ido haciendo otros por mí durante siglos. Mi Alcalá es la del barrio, la de salir a la calle a jugar con los vecinos, la del parque, la del cine, la del colegio. Mi ciudad histórica es la que huele a barrio nuevo de los años sesenta, un lugar donde sentirme seguro y recuperar el aroma de un tiempo en el que casi todo estaba por descubrir.

Foto de Javier Sierra
Foto de Javier Sierra

Es cierto que el desarrollo urbanístico de Alcalá fue caótico. El propio recinto histórico estuvo en peligro de sucumbir bajo la piqueta de una especulación inmobiliaria que no reparaba en cardenales ni en antiguos colegiales. Hubo suerte, aunque relativa, ya que nuestra ciudad antigua se salvó por los pelos de ser destruida gracias, entre otras cosas, a su declaración como Conjunto Histórico Artístico en 1968. El caos hizo que crecieran barrios sin planificación ni servicios, que pronto se llenaron de personas venidas de todos los lugares de España. Y aunque parezca mentira, Alcalá resucitó. La ciudad se llenó de una población joven, al principio ajena y distante, pero que con el tiempo se fue trasformando e integrando hasta crear una nueva forma de ser alcalaíno. La Alcalá Patrimonio de la Humanidad de hoy es una ciudad trabajada por todos sus habitantes hasta hacerla más humana, acogedora y orgullosa. Es la ciudad que creó barrios como el de Venecia, llamado así por las inundaciones con que solía presentarse el río Henares, el Chorrillo, Reyes Católicos, Nueva Alcalá, Juan de Austria, el Campo del Ángel o tantos otros. Es un lugar que se hizo caótico pero que se fue trasformando en un paisaje donde crecer y llenarse de recuerdos.

Foto de Javier Sierra
Foto de Javier Sierra

Si la ciudad histórica hoy se muestra bella y orgullosa de su pasado, en gran parte se lo debe a la ciudad joven que le creció alrededor. Y tanto es así, que de vez en cuando no nos vendría mal bajar del escenario de la historia y caminar por nuestros propios escenarios; una vez allí, quizá nos toque recuperar ideales y sentimientos que creíamos olvidados, y llorar al viejo y querido capitán que todos llevamos dentro y que parece, sólo parece, muerto.

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