500 ANIVERSARIO DE LA ESTANCIA DE SAN IGNACIO DE LOYOLA EN ALCALÁ DE HENARES

A partir de septiembre de 2026 y en 2027 Alcalá de Henares va a recordar y celebrar la presencia en la ciudad de una de las grandes figuras de la religiosiodad en el siglo XVI: Íñigo de Loyola.

Exposiciones, música, conferencias, visitas guiadas… Un conjunto de actividades pensadas para homenajear al fundador de la Compañía de Jesús.

En el año 2026, se cumplen 500 años del paso de Íñigo López de Loyola por Alcalá de Henares, un capítulo decisivo en la vida
del fundador de la Compañía de Jesús.

Tras una etapa de reflexión en Manresa y su formación en latín en Barcelona, en 1526 se sintió preparado para formarse en filosofía y
teología en Alcalá de Henares, donde permaneció un año. La nueva Universidad creada por el Cardenal Cisneros se presentaba ante
él como el lugar idóneo en el que cimentar la que sería una nueva manera de entender la religión y la evangelización.

Fue acogido en el Hospital de Antezana como ayudante en la cocina y enfermería, a cambio de un espacio donde alojarse en su periodo de formación. Esta institución le posibilitó el poder contar con la seguridad necesaria para dedicarse a su proyecto de evangelización y a sus estudios de filosofía y teología. De alguna manera, en el Hospital de Antezana se pusieron los cimientos de la futura fundación ignaciana.

El día 8 de julio de 2026 se presentó en el Hospital de Alnatreza el programa de actos de la celabración del aniversario. El acto contó con la presencia de Asensio Esteban Vallejo, presidente de la Fundación Antezana, Judit Piquet Flores, alcaldesa de Alcalá de Henares, Antonio Prieto Lucena, obispo complutense, Carmelo García Pérez, rector de la Universidad de Alcalá, y Pedro Carcía Vera, superior de la Compañía de Jesús en Alcalá de Henares.

Palabras de Asensio Estaban Vallejo, presidente de la Fundación Antezana: 

«Hace exactamente quinientos años, en el verano de 1526, un hombre atravesaba las puertas de Alcalá de Henares después de un largo camino recorrido a pie. No llegaba con honores. No le precedía cortejo alguno. No vestía el yelmo ni coraza de capitán que había llevado en los campos de batalla. Llegaba como un peregrino. Con la ropa gastada. Con las manos vacías. Y con un corazón completamente transformado. Aquel hombre era Íñigo López de Loyola.

Nadie podía imaginar entonces que aquel peregrino pobre cambiaría para siempre la historia de la espiritualidad, de la educación y de la cultura occidental. Y, sin embargo, antes de convertirse en San Ignacio de Loyola, fue simplemente un hombre acogido por esta ciudad. Y, de manera muy especial, por esta casa.

Las crónicas nos cuentan que Ignacio acudió al Hospital de Nuestra Señora de la Misericordia, donde vivía de limosna mientras cursaba estudios de Lógica y Filosofía en la Universidad de Alcalá. También narran cómo el prioste, Lope de Deza, movido por la compasión y por la prudencia, le ofreció alojamiento para que pudiera dedicarse a sus estudios con mayor tranquilidad. Aquel gesto de hospitalidad, aparentemente sencillo, constituye uno de esos momentos silenciosos que la Historia rara vez subraya, pero que terminan teniendo consecuencias inmensas.

Porque la Historia no siempre cambia en los grandes palacios. Con frecuencia cambia en un hospital. Cambia cuando alguien abre una puerta, cuando alguien ofrece sustento, cuando alguien ve dignidad donde otros sólo ven pobreza.

Las ropas humildes de Íñigo no podían ocultar la grandeza de su espíritu. Él mismo escribiría más tarde, en los Ejercicios Espirituales, que es propio del buen espíritu “dar ánimo y fuerzas, consolaciones, lágrimas, inspiraciones y quietud”. Quien lee esas palabras descubre inmediatamente que no nacen de una teoría, sino de una vida. Una vida probada por el dolor, una vida moldeada por la experiencia, una vida que encontró en Alcalá un lugar donde seguir creciendo.

Aquí estudió, sirvió, rezó. Aquí compartió la vida cotidiana de los pobres y de los enfermos, aquí también conoció la incomprensión, las sospechas de la Inquisición e incluso la prisión. Pero nada consiguió apagar la luz interior que irradiaba. El propio Ignacio recordaría en su Autobiografía que mendigaba para vivir hasta que recibió alojamiento y lo necesario para subsistir. Y mientras estudiaba, colaboraba humildemente en las tareas del hospital. No era un huésped pasivo, era un servidor.

Quizá por eso resulta imposible leer el capítulo 25 del Evangelio de San Mateo sin pensar en lo que aquí sucedía diariamente: “Tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; era forastero y me acogisteis; estaba enfermo y me visitasteis…”

Eso era Antezana, y eso sigue siendo Antezana. Porque este hospital nació en 1483 precisamente para eso. Para acoger, aliviar y cuidar. Para devolver dignidad a quienes más la necesitaban. No es casualidad que Ignacio encontrara aquí un hogar.

Alcalá vivía entonces uno de los momentos intelectuales más extraordinarios de Europa. La Universidad fundada por el Cardenal Cisneros irradiaba saber. Pero junto al saber florecía algo todavía más importante: el humanismo. Ese humanismo que comprendía que el conocimiento sólo alcanza su plenitud cuando está al servicio de la persona.

Gregorio Marañón lo definía admirablemente al afirmar que el verdadero humanismo consiste en comprender al otro, y eso es exactamente lo que hizo Lope de Deza: comprendió al otro. Vio en aquel joven peregrino algo que muchos no supieron ver. No vio un mendigo, no vio un sospechoso. Vio una persona. Y cambió su destino.

Ese mismo año de 1526, Juan Luis Vives publicaba De subventione pauperum, una de las grandes obras del humanismo europeo, donde defendía una asistencia que atendiera no sólo las necesidades materiales, sino también la dignidad integral de cada ser humano. En Antezana, aquellas ideas no eran una aspiración futura, eran ya una realidad cotidiana.

Porque desde su fundación por Luis de Antezana e Isabel de Guzmán, este hospital había entendido que cuidar significa atender al cuerpo, pero también acompañar el alma. Quizá por eso Ignacio encontró aquí mucho más que alojamiento.

Encontró un modo de vivir el Evangelio, encontró un ejemplo de caridad organizada, encontró un humanismo hecho servicio. Y estoy convencido de que aquella experiencia dejó una huella profunda en quien, pocos años después, fundaría la Compañía de Jesús.

No porque la Compañía naciera aquí, sino porque aquí se fortalecieron algunas de las convicciones que marcarían definitivamente la vida de Ignacio: el valor del estudio, la centralidad de la persona, el servicio a los más necesitados y la unión inseparable entre fe y acción.

Cinco siglos después, aquellos vínculos permanecen vivos. La estancia donde habitó Ignacio continúa formando parte del patrimonio de esta Fundación. La capilla dedicada al santo sigue siendo lugar de oración y de memoria y continúa vigente el espíritu de colaboración entre la Fundación Antezana y la Compañía de Jesús, simbolizado también en el histórico acuerdo suscrito el 31 de julio de 1669 por ambas instituciones.

No conservamos únicamente unas piedras, conservamos una herencia, una forma de entender al ser humano, una manera de servir. Una vocación que ha atravesado más de cinco siglos sin interrumpirse y eso convierte a Antezana en algo mucho mayor que un edificio histórico, lo convierte en una historia viva.

Hoy iniciamos la conmemoración de un acontecimiento extraordinario. No celebramos únicamente que hace quinientos años un hombre ilustre pasó por Alcalá; celebramos que Alcalá supo reconocerlo; celebramos que una ciudad abierta al conocimiento fue también una ciudad abierta al corazón; celebramos que la Universidad, la Iglesia, las instituciones civiles y un pequeño hospital encontraron entonces un mismo lenguaje: el del servicio al ser humano.

Por ello, la Diócesis, el Ayuntamiento, la Universidad, la Fundación Antezana y la Compañía de Jesús hemos querido unir esfuerzos para que este V Centenario sea mucho más que una efeméride. Queremos que sea una invitación a redescubrir nuestras raíces, a comprender mejor nuestra historia. Y, sobre todo, a preguntarnos qué significa hoy vivir el espíritu de San Ignacio.

Concluyo con un agradecimiento.

Gracias a nuestro prioste Lope de Deza, cuya generosidad sigue iluminándonos cinco siglos después; gracias a quienes custodiaron este legado durante generaciones; gracias a Jesús Fernández Majolero por rescatar y ordenar la memoria documental de nuestra Fundación; gracias a mi predecesor, Javier Huerta, por mantener siempre viva la memoria ignaciana. Y gracias, especialmente, a todas las personas —conocidas y anónimas— que durante quinientos cuarenta y tres años han mantenido abierta esta casa.

Porque la verdadera grandeza de Antezana no reside únicamente en su antigüedad, reside en las miles de vidas que han pasado por ella, en las manos que han curado, en las personas que han consolado, en quienes han acompañado al enfermo cuando nadie más podía hacerlo. Ellos son los auténticos herederos de aquel espíritu que un día encontró aquí San Ignacio de Loyola.

Que este V Centenario no sea únicamente un recuerdo del pasado, que sea un compromiso con el futuro. Que dentro de otros quinientos años alguien pueda decir de nosotros lo mismo que hoy decimos de quienes nos precedieron: que supimos abrir las puertas cuando alguien nos llamó».

Muchas gracias.

Asensio Esteban Vallejo

Consulta la programación del 500 aniversario de san Ignacio de Loyola en Alcalá de Henares en el siguiente pdf:

San Ignacio de Loyola en Alcalá de Henares, 500 aniversario

Visitas guiadas en Alcalá de Henares: visitasguiadas

 

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