Viajeros y visitantes en Alcalá de Henares durante el Siglo de Oro

Viajeros y visitantes en Alcalá de Henares durante el Siglo de Oro

Viajeros y visitantes en Alcalá de Henares durante el Siglo de Oro recorre una importante etapa de la historia de España en la que se recoge la visión de los viajeros y visitantes que llegaron hasta nuestra ciudad. El punto de vista de este tipo de viajeros puede ser un factor muy interesante a la hora de equilibrar la idea histórica que se pretende otorgar a diferentes lugares o personas. En este sentido, a Alcalá de Henares no le han faltado viajeros que han contribuido a mostrar circunstancias y aspectos que vistos desde dentro puede que hubieran pasado desapercibidos.

De entre todos ellos, quiero comenzar por uno que fue testigo del nacimiento de la Universidad y que nos dejó escrita casi una crónica periodística de cómo se iban materializando en distintos edificios y planes urbanísticos las ideas del Cardenal Cisneros. Se llamó Antoine de Lalaing, nació en los Países Bajos y llegó a ocupar el cargo de chamberlán del archiduque Felipe de Austria, el famoso marido de la reina Juana, circunstancia ésta que le permitió hacer su primer viaje a España. Hombre curioso y observador, su sentido periodístico hizo que se dedicara a describir hasta los más mínimos detalles de los lugares que visitó. Junto al archiduque Felipe, pasó una semana en Alcalá de Henares (entre los días 17 y 23 de septiembre de 1502) y se fijó en sus calles, por cierto, bien pavimentadas, en los edificios universitarios en construcción y en todo aquello que le llamó la atención: “Esta ciudad es del tamaño de Ath, en Haynaut, a media legua de la cual monseñor pasó un puente de nueve o diez arcos sobre el río Henares, y está situada en el valle de un hermoso sitio, bueno y fértil. Sus calles están bastante bien pavimentadas a la manera de nuestro país. Pocas ciudades hay en España pavimentadas….Cerca del Mercado hay un hermoso monasterio de franciscanos, junto al cual el actual arzobispo de Toledo, que es observante, hace construir un bellísimo colegio, que aún no está terminado”.

El  6 de junio de 1524 pasó por Alcalá de Henares otro gran viajero: Amdrea Navagero. Quizá su importancia se pueda atribuir a muchos motivos, como el de haber sido uno de los más perspicaces embajadores de la república de Venecia en nuestro país, aunque creo que sobre todo habría que otorgarle el valor de ser el precursor de la poesía italiana en España. Su gran conocimiento y admiración por la obra de Petrarca hizo que a su alrededor se formara un grupo de jóvenes intelectuales que vieron en la figura del gran poeta italiano la posibilidad de romper con el entonces encorsetado mundo poético de nuestro país. Los nuevos aires literarios a la Italiana, que supieron recrear como nadie poetas como Boscán o Garcilaso, llegaron gracias a Navagero. Orador, poeta y diplomático, fue un ejemplo casi perfecto de lo que podríamos denominar hombre del Renacimiento. De Alcalá de Henares describe, sobre todo, su Universidad: “En Alcalá hay universidad fundada por fray Francisco Jiménez de Cisneros, arzobispo de Toledo y cardenal, que embelleció mucho este lugar, estableciendo las cátedras en las que se leen las asignaturas en latín, y no como en el resto de España, en cuyas universidades se explica en castellano… También fundó una biblioteca llena de muchos libros latinos, griegos y hebreos”.

Ya a finales del siglo XVI nos vamos a encontrar caminando por España a un holandés que acabó por asentarse en nuestro país: Henry Cock.  Aventurero, escritor, pero sobre todo un apasionado por recorrer los caminos de Europa, terminó siendo arquero en la guardia de Corps del rey Felipe II.  En dos de sus obras va a relatar su paso por Alcalá de Henares: los “Anales” del año 1585 y la “Iornada de Tarragona”. En ambas, describe el paso por la ciudad de los diferentes miembros de la familia real: “Hacia Mediodía, pasado el río, se ven unas ruinas a las cuales llama el pueblo Alcalá la Vieja, y afirman que en otros tiempos estuvo aquí la ciudad… Acabada la devoción que las infantas tenían a los santos patronos de esa patria, y habiendo visitado el sepulcro del santo Fray Diego,…”.

Ya en el siglo XVII, contamos con la visión que sobre nuestra ciudad nos dejó un admirable viajero llamado Cosme III de Médici. Este príncipe toscano realizó un viaje por España entre 1668 y 1669. Buen observador y famoso por su pasión por las obras de arte, su paso por Alcalá de Henares se reflejó en multitud de curiosos detalles sobre los aspectos que rodeaban la vida universitaria y ciudadana. Son muy interesantes sus descripciones de los monumentos que visita, posibilitando que, en muchos casos, gracias a sus observaciones, se hayan podido conocer algunas características de determinados edificios, hoy trasformados o desaparecidos, que hubieran pasado desapercibidas. Un ejemplo lo tenemos en el Monasterio Cisterciense de San Bernardo, del que describe que sus balcones interiores se encontraban cubiertos por aquel entonces con celosías de colores.

Pero, quizá, no haya nadie mejor que uno de nuestros escritores del siglo XVII para acercarse a lo más real de la sociedad alcalaína de aquella época. De entre todos ellos voy a elegir a uno, Cristóbal Suárez de Figueroa, que supo perfectamente llegar a lo más profundo del singular entramado social de la Alcalá de Henares universitaria. Su obra más importante y conocida, titulada “El Pasajero”, es un vivo muestrario de los diversos aspectos de la sociedad y costumbres de la época. A la hora de describir los estudios alcalaínos, se percibe la admiración del autor hacia la Universidad de Alcalá, donde estudió, pero sin olvidarse de trasmitir la más feroz ironía a la hora de valorar diferentes aspectos de la vida universitaria: “Sabed viene a ser Alcalá lugar de grande provocación, como albergue de hijos de tantas madres. Allí la ley del duelo se halla con más vigor que antiguamente en la provincia que más se profesó honra… Las burlas que padecen los novatos no sólo son exquisitas, sino de mucho pensar… El habla sea despejada, libre, y por ningún caso encogida y modesta… Será bien desnudar la daga a las palabras primeras… Es cordura cobrar opinión no sólo de pronto de mano, sino también de injurias… Paréceme bastará al día una hora de libros; las demás consagraréis al solaz, a la conversación… No es posible acusar las rondas… Son comunes las resistencias que se hacen a las justicias, y así, en este particular, en diciendo aquí de los nuestros, no hay sino acudir como un águila, cum armis et fustibus, venga lo que viniere”.

En fin, sólo se trataba de recordar lo que vieron, sintieron o percibieron algunos de esos hombres que nos visitaron, hoy anónimos para la gran mayoría. Fueron muchos más y estoy seguro que se acercaron a Alcalá de Henares atraídos por una de las ciudades más deslumbrantes y complejas de la Europa de los siglos XVI y XVII.

Enrique M. Pérez

 

 

 

 

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