En Alcalá de Henares siempre hemos tenido motivos para sentirnos orgullosos de nuestra ciudad. Nos han contado que aquí nacieron una reina, un emperador, un presidente de la República, que los más importantes arzobispos de Toledo la enriquecieron y la hicieron grande y famosa o que, en fin, Alcalá es la cuna de … tantas y tantas cosas. Lo que nunca nos han dicho es que nuestra ciudad también ha sido un lugar de gentes normales.

 

Lo digo porque es precisamente entre estos últimos donde habría que colocar a una familia, apellidada Cervantes, asentada en nuestra ciudad allá por el siglo XVI. Supongo que cuando en 1752 unos eruditos ilustrados llamados Juan de Iriarte y Martín Sarmiento tuvieron la suerte de descubrir, en la iglesia parroquial de Santa María, una partida de bautismo a nombre de un tal Miguel de Cervantes los complutenses del momento se llenarían de júbilo.

Me imagino a los eruditos de la ciudad estrujándose la sesera y enzarzándose en interminables discusiones sobre dónde estaría la casa del gran escritor y de paso tratando de descubrir todos los secretos de la que para ellos se convirtió en la mejor obra literaria que jamás se había escrito. El Quijote fue convertido, en el ilustrado siglo XVIII, en una especie de talismán u obra de culto que la colocó en un altísimo e inaccesible pedestal del que aún hoy es difícil bajarla. Para el común de lo mortales la vida no cambió sustancialmente cuando el bueno y enrevesado don Quijote subió, junto a su creador, al Olimpo y además dudo de que la mayoría se enterara de tal circunstancia. Desde entonces, a nuestro Miguel de Cervantes se le escapó de las manos su casa, su obra, su vida y su desconocida realidad y fue convertido en el perfecto y simbólico ejemplo de muchísimas y, a veces, hasta exuberantes cosas.

En realidad, no es difícil seguir los pasos de aquel hombre llamado Miguel. Sobre su vida se han publicado multitud de obras, algunas  muy bien documentadas, como es el caso del gran estudio biográfico publicado por Luis Astrana Marín en 1948 bajo el título de “Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes Saavedra con mil documentos hasta ahora inéditos y numerosas ilustraciones y grabados de época” A pasar de tan pomposo título, es un excelente trabajo de investigación y recopilación de documentos, gracias al cual hoy podemos estar seguros de muchas de las circunstancias de su vida.

Pero una cosa es cierta, Cervantes sobre todo fue un gran escritor. Su vida posiblemente no fuera ni heroica ni ejemplar, pero eso no es importante. En algunos casos, la crítica  moderna ha querido desmitificar a Cervantes y a sus personajes. Es cierto que no todo español esconde un don Quijote o un Sancho, pero como tampoco lo es que las esencias patrias se escondan en los colores de un equipo de futbol, en un ruedo o en no sé qué actitudes ante la vida. Cervantes es universal porque transciende lo español, no habla de tópicos, nos enseña la condición humana con sus matices, sus colores, sus contradicciones, pero humana al fin y al cabo. El Quijote es un libro de lo que hoy llamaríamos “globalización”, surgido entre los siglos XVI y XVII para desafiar la absurda tendencia de creernos únicos, especiales, universales y tocados de la mano de Dios.

Museo Casa Natal de Cervantes / Foto alcalaymas.com
Museo Casa Natal de Cervantes / Foto alcalaymas.com

Confieso que no sé cómo fue Miguel de Cervantes. Sé cosas de él que me parecen interesantes y que me hacen intuir algo sobre sus ideales, como, por ejemplo, la influencia de su maestro, López de Hoyos, en su sentir humanista, pero realmente creo que habría que dejarle descansar en paz y valorar lo que de verdad él quiso que se difundiera: su obra. La obra de este hombre, que ha sido llamado “el gran hacedor de la lengua castellana”, es tan bella, sincera y auténtica que simplemente habría que leerla, olvidándonos de quienes quieran interpretarla por nosotros. Su gran novela, el Quijote, es tan genial que cualquiera que se acerque a ella, como diría don Antonio Machado, “desnudo y sin equipaje”, seguro que encuentra la realidad más auténtica de aquel hombre que nos asombró creando criaturas que supieron vivir por sí solas.

Por eso es inútil discutir sobre si Miguel nació o no nació en Alcalá de Henares. Y por eso son ganas de malgastar el tiempo el dudar sobre si la casa natal de Cervantes es más o menos auténtica. Es un lugar simbólico, un homenaje tangible y duradero no a la vida, sino a la obra del gran escritor.

Si nos ceñimos a los hechos, no hay duda alguna sobre la ubicación de la casa de los Cervantes en Alcalá de Henares. Entre otros, un documento que rescató del olvido Luis Astrana Marín prueba que el actual número dos de la calle de la Imagen, a espaldas del hospital de Antezana, fue la residencia de los abuelos y de la tía de Miguel. Se trata de una “probanza testimonial de nobleza”, documento por el que una familia trataba de demostrar no tener ascendencia judía o musulmana, extendida, en 1610, en Alcalá y Guadalajara a favor de Isabel de Mendoza, nieta de María, la ya mencionada tía del escritor. Todo parece indicar que su padre, Rodrigo, hombre introvertido, posiblemente debido a su sordera, sin recursos económicos y amargado por no haber podido llegar a ser médico, se quedaría en la casa de sus padres y su hermana tras su casamiento con Leonor de Cortinas. En ella vendrían al mundo sus primeros hijos y entre ellos Miguel. Por la partida de bautismo sabemos que fue llevado a cristianar el día 9 de octubre de 1547, aunque lo que nunca sabremos con exactitud es la fecha de su nacimiento.

Por cierto, si nos dejamos llevar por esa afición tan humana a saber de vidas ajenas, seguro que les va a interesar la razón última por la que esta casa vino a parar a manos de los Cervantes. Vayamos a los lejanos días en los que el abuelo de Miguel, el licenciado Juan de Cervantes, desempeñaba el cargo de lugarteniente de la alcaldía de Alzadas en la ciudad de Guadalajara. Consiguió tan sonoro cargo gracias al propio duque del Infantado, don Diego Hurtado de Mendoza, señor de la ciudad. Junto a él vivía su mujer, doña Leonor, y sus hijos Juan, Rodrigo, futuro padre de Miguel, Andrés y María. Pues bien, de la tal María, que era menor de edad y muy bella, se enamoró locamente nada menos que Martín de Mendoza, hijo bastardo del duque, que era conocido como “el Gitano” debido a ser fruto de los amores de su padre con una gitanilla.

Museo Casa Natal de Cervantes / Foto alcalaymas.com
Museo Casa Natal de Cervantes

El referido Martín había seguido la carrera eclesiástica y llegó a ser arcediano de Guadalajara, pero como la sangre y el instinto tiran más que los hábitos, el Gitano se dedicó más  a los amoríos que a los rezos. Así cayó en las redes del amor hacia la bella hija adolescente del licenciado Juan de Cervantes. Este último, sabedor de todo tipo de triquiñuelas legales, obligó a don Martín a firmar una obligación por la que se comprometía a entregar a la joven María la cantidad de 600.000 maravedís a cambio, hablando claro, de ser consentidor de la deseada relación amorosa. El Gitano llegó a vivir en casa del licenciado y su amante, con la que tuvo una hija, se paseó como una dama más por el palacio ducal del Infantado. Pero la mala fortuna hizo que al morir el duque su heredero legítimo y hermanastro de don Martín no quisiera seguir aceptando tal relación amorosa y económica. Esto provocó uno de los más sonados pleitos que hubo en Castilla en los inicios del reinado de Carlos I: el licenciado Juan de Cervantes, exigiendo lo que creía se le debía a su hija, contra la todopoderosa casa de los Mendoza. Después de un largo proceso judicial, la suerte sonrió a los Cervantes, que consiguieron salir triunfadores y recibir el dinero que se les debía. Como desenlace final, la familia tuvo que abandonar, incluida María, Guadalajara, trasladándose a Alcalá de Henares donde adquirirían la casa de la calle de la Imagen.

La “actual” casa natal de Cervantes es un sueño, una bella y necesaria utopía donde todos aquellos que se han enamorado de Miguel puedan hacerle revivir en su fantasía. Si no hubiera existido habría que haberla inventado. Y para algunos eso fue lo que pasó cuando, tras el descubrimiento de Astrana Marín, el Ayuntamiento compró la casa en 1953. El arquitecto González Valcárcel derribó en gran parte  el edificio original y lo recreó a su gusto, abriendo una nueva fachada con jardín a la calle Mayor. Lo cierto es que su particular sueño sobre la casa de Cervantes se hizo realidad, pero se equivocó al dejarnos una residencia al estilo de la época falta, en gran parte, de rigor histórico. Hoy, llena de vida cultural y ricamente amueblada con antiguos objetos y muebles que recrean en sus estancias la vida de los siglos XVI y XVII, se ha convertido en el perfecto homenaje a Miguel.

Pero si sólo soñamos y dejamos de dar importancia a si es más o menos auténtica, seguro que todavía podremos sentir el trajín de la vida cotidiana de aquella familia asentada en Alcalá de Henares. Como si fuera un sueño, viajemos a aquel lejano día del año de 1547. Aunque la vieja puerta del número dos de la calle de la Imagen esté cerrada, parémonos y miremos por el ojo de la cerradura: un patio, luces, risas, trajín del quehacer diario y un gritos…Acaba de dar a luz a su cuarto hijo Leonor, mujer de Rodrigo de Cervantes, el conocido cirujano sangrador. Ella no lo sabe, pero ese niño que llora entre sus brazos se convertirá con el tiempo en el gran escritor que supo por primera vez modelar la vida en un nuevo y magnífico arte: la novela.

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