“Los que se encuentren fuera de la tierra de Israel deben volver su corazón hacia la tierra de Israel; los que estén en Israel volverán su corazón hacia Jerusalén, y en Jerusalén hacia el templo…” (Talmud)… La Patria de Yaca

 

Yaça, jefe de la Sinagoga Mayor, se está preparando para la ceremonia. La parsimonia de sus movimientos va reflejando la costumbre de un quehacer repetido durante muchos años. Es viejo, pero no significa nada para él, sólo siente que eso le sirve para equivocarse algo menos. 1492 es un año frío. Debería ir mejorando el tiempo, pero todavía este mes de marzo sigue siendo de invierno, aunque también puede que su frío se deba a la intranquilidad. Hasta Alcalá ha llegado la noticia de la disposición real que ordena expulsar a su pueblo de los reinos de España. Les acusan de …, ¡qué más da! Importa sólo que alguien se cree con el derecho de echarles de una tierra que ha sido su patria desde hace muchas generaciones.

Puede que ayer viernes el hazzan tocara por última vez el cuerno para anunciar el comienzo del día de descanso. Está esperando a que en esta fría mañana de sábado vayan llegando a la vieja sinagoga de la calle de Monteros los que todavía se sienten con valor para mostrar su fe. Paredes y arcos se decoran con yesos, que juegan a convertirse en estrellas de cinco y de más puntas. Oraciones escritas en alabanza a Dios en la lengua más sagrada que conoce: el hebreo. Sabe que su pueblo ya no la utiliza  y que es difícil para muchos jóvenes seguir los rezos. La palabra en su patria, Sefarad, es en ladino, aunque él siempre luchó para que su pueblo se volviera a comunicar en la vieja lengua traída desde Israel. Hoy, en cambio, siente la necesidad de comunicarse en su lengua cotidiana, la de todos los días.

El corral trasero de la sinagoga se va llenando de la comunidad; son los suficientes para comenzar la ceremonia. Siempre le llamó la atención ese aviso del Talmud que indica la obligatoriedad de ser al menos diez hombres, y mayores de trece años, en la ceremonia. De joven sentía que esta norma era producto de la inconsciente creencia del pueblo judío en su segura desaparición. ¿Por qué si no poner un límite? Luego supo que la comunidad, para que Dios fuera lo suficientemente alabado, tenía que ser de al menos ese número de personas.

Las mujeres se van colocando, poco a poco y silenciosamente, en su galería alta. Hoy siente la necesidad de observarlo, de atraparlo todo como presintiendo que va a ser la última vez. Mira queriendo grabar en su mente lo que ocurre a su alrededor: recordar las paredes o la gran techumbre de madera, el hueco con el arca, la sede y hasta los colores y olores que inundan el que para él es el lugar más sagrado del mundo.

Todo está preparado: al fondo, en una hornacina cubierta con la más bella killah, el arca de la Torá, que será abierta para mostrar los tres rollos, uno de ellos con la palabra de los profetas, enrollados en los dos palos que simbolizan el árbol de la vida. Siempre los envuelve con mucho cuidado en unos lienzos de lino y los guarda en unos estuches trabajados por los más cuidadosos artesanos de Alcalá. Delante está la llama,  símbolo de la presencia de Dios. Y muy cerca, la bimah preparada para que desde ella se vayan sucediendo oraciones, bendiciones y explicaciones. Justo al lado, la sede de Moisés. Todavía recuerda el escalofrío que sintió la primera vez que se sentó en ella. Desde muy niño había soñado con ser jefe de la sinagoga y cuando se lo decía a su madre, ella le regañaba entre risas y enfados y le llamaba blasfemo. Pero lo consiguió y cuando se sentó por primera vez en la sede pensó que ya nada más le iba a importar en la vida. Como suele ocurrir, sabe que se equivocó.

El gran menorah de bronce parece resplandecer más que nunca con sus siete llamas que día y noche arden glorificando la presencia de Dios. Los asientos se van llenando poco a poco; los más cercanos son ocupados por los ancianos, el resto por los de menor edad. Hoy todos entran por la puerta del adarve, puede que por miedo, pero no le importa. No puede dejar de mirar a la entrada, casi contando con angustia las personas que van pasando. Su único deseo es que la sinagoga se llene y que sus vecinos y hermanos de la calle Mayor, lo judíos de Alcalá, no le fallen. Y así es, la sala se va llenando de caras familiares que parecen querer transmitir la sensación de que es un día de celebración normal y que el mañana va a ser igual a como lo viene siendo desde que empezaron a convivir con los cristianos en los viejos tiempos del arzobispo Bernardo.

Recorre con la vista las doce ventanas que se abren en la sala, una por cada una de las doce tribus de Israel, mira al cielo y luego, como siempre y con tranquilidad, hace el gesto de autorizar al heraldo del Semá para que desenrolle la Torá. Despacio, empieza a recitar las dos bendiciones: “bendito seas Señor, rey del mundo, que formaste la luz y las tinieblas…”. Y mira a su alrededor para ver quién puede leer las oraciones y escoge, contrariando sus propias normas, a un joven. Escucha su voz nueva y se le clavan en lo más profundo sus palabras: “escucha Israel, el Señor, nuestro Dios, es solamente uno”. El muchacho, nervioso, va recitando uno a uno los tres pasajes del Pentateuco y después la oración con sus 18 bendiciones. Al acabar, le acaricia la cabeza y le sonríe con los ojos.

Le pide a su amigo Semu, su hazzan, que, como es habitual, comience a recitar las Escrituras, los pasajes del libro de Haftarah y la despedida. Y ahora él y su pueblo. Mira a los suyos y, con más fuerza que nunca, les habla en su lengua, el ladino, la de todos los días, la que heredaron de sus padres y, también como siempre, les anuncia lo único que les ha mantenido unidos desde siempre: “Dios es santo y es justo con los hombres”. Cierra los ojos mirando ya sólo al cielo y, queriendo superar sus miedos y sus dudas, reza la qaddís: “… que el hacer de la paz en el cielo nos traiga la paz a nosotros y a todo Israel”.

Los judíos formaron parte del pueblo de Alcalá desde los primeros años de la Reconquista. La zona de la ciudad que eligieron para vivir se situó hacia la parte central de la calle Mayor y por regla general se dedicaron a la actividad comercial. A lo largo de los siglos, la relación con el resto de comunidades dependió de los vaivenes de las decisiones políticas de la autoridad arzobispal y real. El decreto de 31 de marzo de 1492, firmado por los Reyes Católicos, expulsó a los judíos de su país, obligando a los que eligieron quedarse a convertirse al cristianismo. Su salida de España provocó una de las más importantes crisis económicas y culturales de la época.  Recientemente, el gobierno de España ha devuelto la nacionalidad a los judíos sefardíes repartidos por todo el mundo.

Puede que de la Sefarad alcalaína no haya quedado mucho, pero quizá sea ésta la mejor disculpa para intentar recuperar su memoria recurriendo al mejor de los recursos: la imaginación.


 

Existe en el centro histórico de la ciudad una ruta señalizada en torno a los lugares en los que vivieron durante la Edad Media las comunidades cristiana, musulmana y judía. Las placas del recorrido por la judería de Alcalá de Henares es el siguiente:

  • Placa general. Calle Mayor.
  • Sinagoga Mayor. Corral de la Sinagoga.
  • Sinagoga Menor. Calle de Santiago.
  • Carnicerías de los Judíos. Calle de Cervantes.
  • Tiendas y casas en la esquina del cambio. Calle Mayor.
  • Postigo de los Judíos. Calle del Tinte.
Glosario de términos:
  • Talmud:
    conjunto de la ley oral judía puesta por escrito.
  • Jefe de la Sinagoga:
    presidente de la congregación.
  • Hazzan:
    servidor o sacristán de la sinagoga a las órdenes del jefe de la sinagoga.
  • Killah:
    especie de palio o baldaquino que cubre el arca.
  • Torá:
    la ley de los judíos. Son los cinco libros del Pentateuco (Antiguo     Testamento).
  • Bimah:
    púlpito o tribuna desde donde se dirige el servicio religioso en la sinagoga.
  • Menorah:
    candelabro de siete brazos que se hallaba en el Templo de Jerusalén.
  • Semá:
    literalmente significa “escucha” . Así comienza el primero de los textos que componen la principal oración judía.
  • Haftarah:
    lectura de los textos proféticos de la Biblia.
  • Qaddis:
    plegaria de consagración y alabanza recitada sólo cuando hay al menos 10 varones y en ocasiones especiales.
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