Tan cinematográfico título hace referencia a un edificio que es una magnífica muestra de la pasión de un hombre por acercarse a la belleza de las formas y de los colores. Me refiero a ese palacio o palacete que don Manuel José Laredo y Ordoño se construyó en el paseo de la Estación y que supuso el remate y resumen final a una apasionada vida dedicada a la búsqueda del ideal artístico.

 

Manuel Laredo vino al mundo en Amurrio, un pueblo de la provincia de Álava, en 1842.  A lo largo de la década de 1850, asentado con su familia en la Corte, Manuel va a entrar en contacto con los más representativos artistas madrileños del momento, iniciando, en el entorno de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, su polifacética formación artística.

Es fácil imaginarse a nuestro artista relacionándose con el selecto y culto grupo formado por gentes tan interesantes como los Madrazo, Ricardo Bellver, Fernández Casanova o Ricardo Velázquez Bosco. En 1876, presenta un exagerado proyecto de restauración para nuestra Capilla del Oidor en la más pura línea de la tendencia romántica a imitar formas y modos tradicionales de la arquitectura española. No se llegó a realizar, pero le dio el suficiente prestigio como para que se le confiara la recuperación de algunas salas del Palacio Arzobispal, convertido en Archivo General Central del Reino desde 1859. Él fue el encargado, dentro del proyecto de reconversión y modernización del edificio, de restaurar la parte artística (básicamente yeserías y artesonados) del Salón y Antesalón de Concilios, Salón de San Diego y Salón de Isabel la Católica, además de rehacer a sus gusto casi por completo otras estancias.

Foto de Javier Sierra

Gracias a su valorado trabajo, consiguió participar en una de los más importantes proyectos del momento enfocado a la difusión y conocimiento del arte español: la serie Monumentos Arquitectónicos de España publicada en 1880.  En ella se va a encargar de dibujar las dos láminas que se dedicaron al Palacio Arzobispal de Alcalá. Por entonces la relación de Manuel con la ciudad complutense va a ser prácticamente total. En un primer momento vive, junto a su esposa Pilar y su hija Natalia, en una casa de la calle de Nebrija, donde también tiene su estudio. Su residencia pronto se convertirá en uno de los puntales del resurgir cultural de la aletargada y decadente sociedad alcalaína de la segunda mitad del siglo XIX. Se dedica a dibujar, a restaurar o a decorar, pero, a partir de 1880, va a tener como gran pasión la construcción de su nueva residencia del paseo de la Estación. Entre los años 1881 y 1894, pinta retablos fingidos en iglesias alcalaínas, como el de la desaparecida de Santiago, el del Oratorio de San Felipe Neri o el de la ermita de San Isidro.

Por otro lado, la cada vez mayor relación de Manuel con la ciudad va a tener como resultado su vinculación con la política municipal. Comienza siendo concejal de obras públicas y tercer teniente de alcalde entre los años 1890 y 1891. Este sería su particular trampolín para dar el definitivo salto y convertirse en alcalde de Alcalá, cargo que ocupó desde 1891 a 1893. Se podría decir que se volcó en favor de la regeneración y modernización urbanística de la ciudad,  promoviendo ensanches, como el del paseo de la Estación, y  mejoras en el estado y saneamiento de las calles, pero todo sin olvidarse del riquísimo patrimonio monumental heredado. Así, en 1893 se pone al frente de una Subcomisión Municipal encargada de protegerlo.

Se dice que Manuel fue un hombre de carisma, apreciado por sus conciudadanos, extrovertido, crítico, comunicativo y polifacético: viajero empedernido en busca de tesoros escondidos, coleccionista de obras de arte, arquitecto, pintor, decorador, político, restaurador, escenógrafo y dibujante. Una personalidad como la suya se mantuvo siempre en el terreno de la innovación y por eso la nueva residencia que se empezó a construir en 1880 en el paseo de la Estación tenía que ser especial. Él mismo trazó los planos e ideó y realizó todo el complejo entramado de elementos decorativos que pueblan su sorprendente creación.

Foto de Javier Sierra

Además de construirse el orgulloso símbolo de su categoría social, dio forma al más sincero objeto de su profunda pasión por la belleza artística. El resultado fue un edificio de edificios donde se mezclan magistralmente elementos musulmanes, góticos y renacentistas que dan al conjunto el aire ecléctico propio de la arquitectura española del momento. Pero también supo innovar armonizando el gusto por las formas de la idealizada y romántica España del pasado con elementos decorativos que anticipaban las maneras de la estética modernista.

Su casa se convirtió pronto en una interminable y magnífica obra de arte total donde el autor fue encajando piezas como si fueran parte de un armónico cofre construido siguiendo la  técnica musulmana de la taracea. La pasión que sintió por el coleccionismo de antigüedades hizo que en su nueva residencia fuera colocando valiosas piezas procedentes de antiguos castillos, palacios o conventos. Idea su palacio como si fuera el antiguo y laberíntico escenario de una de aquellas novelas góticas del siglo XIX donde el misterio, el amor, el heroísmo y hasta el terror discurrían a sus anchas a través de fabulosas habitaciones, de torreones con matacanes y almenas, de alminares, de sugerentes balcones con celosías en yeso desde donde poder ver sin ser vistos, sin olvidarse de los angostos túneles subterráneos propicios para muertes misteriosas o roces sigilosos de ocultos enamorados.

La particular casa encantada de Manuel Laredo se llenó, gracias a su pasión por el arte y a sus fantasías, de estancias inspiradas en la Alhambra, en palacios renacentistas, en casas pompeyanas o en antiguos castillos. Y todo se mezcló y se relacionó a través de túneles, escaleras, puertas ocultas o terrazas imposibles de distinguir desde la calle. Y alrededor, bellos jardines con estanques y puentes que cruzaban riachuelos.

En 1884, Manuel Laredo acaba los exteriores del edificio. La decoración interior le va a llevar prácticamente hasta el final de su vida. Acabó tan enamorado de su obra que prefirió perderla antes de verla inacabada. En 1887, después de haberse endeudado en varias ocasiones, pide un último préstamo a sabiendas de que en realidad estaba vendiendo su mágico sueño. Pero no le importó porque gracias a ese dinero acabó por darle vida. Tras firmar el documento de venta definitiva en 1895 se traslada a Madrid con su familia, donde muere el 13 de junio de 1896. Su historia recuerda a la de aquellos hombres tocados por la gloria que se sienten destinados a ser meros instrumentos de una de las pasiones humanas más fascinantes: la de poder crear.

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